11- El miedo por Isabel Villanueva
Aún era noche cerrada cuando Eva llegó al recinto de oficinas. Aparcó lo más cerca que pudo de la entrada y se arrebujó en la rebeca azul que se ponía encima del uniforme, de un tergal tieso y con unos colores que parecían los de un equipo de futbol. Lo hacía por el frío que hacía a esas horas de la madrugada y, por el miedo que le entraba al pasar entre las sombras de los árboles que cubrían la zona de aparcamiento. Además, que estaba todo tan oscuro…
—Ya se podían gastar algo de dinero en poner unas luces por aquí —rezongó enfadada, mientras avanzaba mirando al suelo que iluminaba con la linterna del móvil. Estaba lleno de agujeros, y el servicio de limpieza no pasaba por allí desde los tiempos de la Piquer, hecho este que se notaba más después de la celebración de la macro fiesta de Halloween ese fin de semana—. Asco de Halloween… Ya no se respeta ni a los difuntos —aunque admitía que el sitio venía al pelo para una cosa así. —De vez en cuando miraba hacia atrás y hacia los lados, deteniéndose para no tropezar y partirse los dientes. Le parecía escuchar ruidos, murmullos,…— El viento —dijo bajito, para alentarse. Ya casi estaba en la puerta de su edificio. Miró hacia arriba y vio que estaba todo a oscuras. Suspiró… Siempre era la primera. Sacó la llave que tenía a mano en el bolsillo, abrió un poco la pesada puerta, y entró.
Pascual, el vigilante, estaría haciendo la ronda pero, previniendo la llegada de las limpiadoras, dejaba la puerta cerrada solo con una llave, de las que ellas tenían copia. Vaya trabajo el suyo, por cierto. Pasar las noches a solas dando vueltas por aquel sitio oscuro, tan grande y con tantas plantas, con la única compañía de un walkie-talkie para comunicarse con la central… Y la verdad es que nunca había pasado nada, pero…
“Tengo que quitarme de encima este miedo irracional… O cambiar de trabajo”, pensó Eva. Claro que, para eso, lo mismo tendría que haber estudiado, pero la vida la había atropellado con sus prisas; mira que quedarse embarazada a los dieciséis años… Y de ese tunante, además. Y se tuvo que poner a trabajar, claro, que sus padres no eran precisamente los Onassis. Lo bueno es que su hija, que ya volaba sola, le había salido muy buena; trabajadora, responsable, cariñosa,… Hasta guapa, aunque eso era lo de menos, pero también lo era. Muy guapa. Como ella de jovencita que, como encima desarrolló muy pronto, tenía a los hombres detrás como perros en celo. Debería haber sido más cauta, pero… Pelillos a la mar, a estas alturas. Su hija, al menos, se había echado un novio en condiciones, pero lo de casarse ni lo contemplaba… ¿Para qué? Hoy en día, la juventud, no pensaba en esas cosas… Aunque a ella sí que le hubiera gustado pasar por la vicaria, con un traje blanco, el ramo de flores, las lágrimas de felicidad de sus padres y el convite posterior. Bueno, aún no era tarde… Le faltaba para la cincuentena y seguía estando de buen ver. Todo se andaría.
Con estas reflexiones estaba, cogiendo el carrito con los útiles de limpieza en un cuarto del sótano, cuando oyó un ruido. Algo así como un golpe en la pared. Fuerte, seco, muy cerca. Se puso tensa y enarboló la fregona. Se asomó a la puerta de la estancia y miró por el largo pasillo, iluminado con las luces verdosas de emergencia… ¿Qué podía haber pasado?
—¿Mari Luz? —llamó a su compañera, la que limpiaba la primera planta, que también solía llegar muy temprano—. Mari Luz… ¿Eres tú?
Obtuvo la callada por respuesta. En ese momento, la bombilla del cuarto de la limpieza empezó a tililar y Eva, agarrando por las manillas el carro, salió de allí como alma que lleva el diablo, mientras gritaba a todo pulmón:
—¡Mari Luz! ¡Pascual! ¿Hay alguien?
Nerviosa, sudando, llegó al ascensor y, más que pulsar el botón, lo hundió. Miraba hacia atrás, hacia la oscuridad, ahora absoluta, y se preguntó si funcionaría el elevador. Las puertas se abrieron entonces, de golpe. Entró con el carro de un empujón y le dio al pulsador de recepción para ir a buscar a Pascual, aunque era consciente de que lo más normal era que no estuviese allí, sino haciendo una de sus innumerables rondas. Cuando llegó, vio que estaba igualmente a oscuras y no supo que hacer, más que gritar como una descosida:
—¡Pascuaaaaaaaaaaaaaaal!
De pronto percibió una sombra, grande, en una esquina de la planta; esta se giró hacia ella y, apuntándola con un halo de luz, le cegó los ojos. Gritó, gritó con todas sus fuerzas y se metió detrás del carrito de la limpieza, ocultándose a aquella presencia que se acercaba lentamente a ella y que, en un momento dado, emitió un sonido. Eva comenzó a aletear con los brazos para espantarla:
—¡Déjame! ¡Déjame en paz! ¡Fuera de aquí!
La sombra, muy próxima, se volvió más pequeña, la luz que emanaba iluminó por un segundo el techo y, al instante, una especie de rostro infernal, pálido, con grandes ojeras… Eva sintió como el corazón se le puso a cien.
—Pero… ¿Se puede saber qué te pasa?—dijo el espectro con la voz de Pascual.
“Dios; ¿lo habrá devorado?” pensó Eva.
—Eva… ¡Eva!
Sintió como le daban una bofetada.
—¡Tranquilízate! ¡Soy yo! ¡Pascual!
Ella, que seguía moviendo los brazos y golpeando a la presencia, fue bajando el ritmo al oír el nombre de su compañero. De pronto, se fijó en el rostro monstruoso que iluminaba el halo de luz… Pues sí que se parecía a Pascual, aunque en raro.
—Joder, Pascual; que feo se te ve… —dijo, asomando la cara entre sus brazos.
—A ver… Ponte tú la luz de una linterna alumbrándote la cara desde abajo, verás lo bonita que estás… ¿Se puede saber que coño te pasa?
Le ayudó a levantarse. Ella se frotó los miembros entumecidos por la tensión.
—Me quedé a oscuras en el sótano, pero antes escuché un ruido, unos golpes,… Me asusté.
—Ya, Eva, pero tienes que mirarte eso… La luz se ha ido en todo el polígono, han avisado de una avería, y yo estaba intentando encender las de emergencia. No pasa nada más.
—Pero, el ascensor…
—¿Qué le pasa al ascensor?
—Funcionaba… Yo he subido en él.
Pascual la miró como si estuviese ida.
—Yo que sé… Lo mismo se ha ido yendo, la luz, digo, por fases, y ha funcionado hasta el último momento… ¿Ves? —le dijo pulsando el botón—. Ya no va.
—Y… ¿Qué hacemos? —Eva respiraba más tranquila.
—Tú, tranquilizarte. Yo voy a ver si consigo arreglar algo en el cajetín… Y, de verdad, tienes que mirarte eso del miedo. Si no es por una cosa es por otra, pero siempre estás de los nervios.
—Es que, esta oficina… El polígono… Está todo tan oscuro y solitario… —Eva hablaba con timidez, disculpándose.
—Ya, pero de eso se trata… De que yo vigile y vosotras limpiéis antes de que venga la gente.
De pronto, Eva cayó en la cuenta.
—Pascual… ¿Y Mari Luz?
Él se paró en seco.
—No sé… ¿No estaba abajo contigo?
—No… No la vi y, si estaba por allí, no contestó cuando la llamé.
—Lo mismo no ha llegado aún…
—¿Mari Luz? ¿Estás hablando en serio? —Su compañera llevaba años trabajando allí y nunca había llegado tarde, ni una sola vez. A Eva no le entraba en la cabeza esa opción.
—A ver si se ha quedado encerrada en el ascensor…
—Pues hay que sacarla de ahí como sea, con la claustrofobia que tiene...
Empezaron a golpear la puerta, llamándola, pero nadie respondió.
—Que raro… —Pascual tuvo que admitir que la situación era chocante—. Espérame aquí, voy a ver si está su coche en el aparcamiento.
—¡Ni lo sueñes! —contestó Eva, resuelta—. Yo no me despego de ti.
Ambos salieron a la noche cerrada “¿Es que no iba a amanecer nunca?”, pensaron cada uno por su lado. Pascual iba delante, iluminando con la linterna, con cuidado de no caerse en uno de los muchos agujeros que había en el suelo, y Eva andaba pegada a él, mirando para los lados, cerrándose la rebeca con nerviosismo, en parte por el frío, en parte por el miedo.
Con una aparente tranquilidad que no engañaba a nadie, se fueron acercando a la zona de los árboles, donde estaba el aparcamiento. Allí, vieron el SUV de Pascual, el utilitario pasado de años de Eva y algún que otro vehículo más, de las demás personas encargadas de la vigilancia y la limpieza de los edificios del recinto. Todo estaba como boca de lobo… Con la única iluminación de la potente linterna que llevaba Pascual... y la luna ausente.
Entonces lo vieron. El coche de Mari Luz. Un Ford que había vivido mejores años, y que se distinguía fácilmente incluso en la oscuridad, ya que estaba pintado de un amarillo rabioso. Eva, cuando lo vio, recordó que nunca le había preguntado a su compañera el porqué de ese color tan hortera que, obviamente, no era el original.
—Bien, pues ya sabemos que está aquí—susurró Pascual, como si no quisiera molestar a los pájaros que dormitaban en los árboles—. Volvamos. —He hizo el conato de dar la vuelta, pero algo pasó…
Fue como si a los dos alguien les hubieran dicho, quedamente, que no se fueran, que se quedasen, que se acercaran al coche. Se miraron sin entender, pero iniciaron la marcha hacia el vehículo, bien anudada Eva al brazo de Pascual, bien nervioso él aunque tratara de disimularlo.
Todo parecía tranquilo. Se pararon y se volvieron a mirar, intensamente, los dos con miedo esta vez. Reiniciaron la marcha… Apenas estaban a tres metros, pero no necesitaron acercarse más. Cuando Pascual, desde esa distancia, iluminó la luna delantera del coche, la vieron. Mari Luz estaba sentada en el asiento del conductor, con las manos sobre el volante. Al principio pensaron que acababa de llegar, los había visto venir y les estaba esperando, o quizás que se había asustado con aquella luz solitaria que se le acercaba y no se había atrevido a salir. Iban a llamarla, sin tenerlas todas consigo, cuando se percataron de que no se movía… El pensamiento que se les vino es que lo mismo se había quedado dormida, pero, entonces, el vigilante la iluminó de pleno con la luz. Se quedaron helados. La visión de Marí Luz, o quienquiera que fuese aquella persona, era espeluznante. Los ojos, abiertos de par en par, no tenían iris; la piel de la cara no era pálida, sino blanca nuclear y, a lo largo de toda ella, se veían canales de sangre seca. Pero lo peor era la expresión… De sorpresa, estupor, miedo… No, miedo no, pánico, con la boca medio abierta y caída hacia un lado.
Eva y Pascual se retiraron, aterrorizados, andando hacia atrás con cuidado de no caerse pero, en cuanto reaccionaron, se dieron la vuelta y comenzaron a correr, como si les persiguiese el mismísimo diablo, en dirección a la oficina.
Mari Luz abrió los ojos, aunque le costaba con tanto maquillaje. Había sido una buena idea pintarse los párpados de blanco para que pareciese que los tenía abiertos, pero eso le había impedido ver a gusto la reacción de sus compañeros. Aun y así, cuando se pusieron a correr como gamos, le costó aguantar la risa…
—Que pavos—musitó entre carcajadas—. Eso por meterse con las fiestas de Halloween. —Era su pequeña venganza por que ambos menospreciaban lo que se había convertido en uno de sus divertimentos favoritos… Y, lo admitía, porqué así le daba otro uso al elaborado disfraz que se había puesto ese año.
Salió entonces del coche con parsimonia, cogió el bolso y, con la pinta que llevaba, se encaminó a su lugar de trabajo, donde se vestiría con el uniforme… Esperaba que no volviesen a salir corriendo al verla, pensó, con remordimientos por el susto que les había dado, aunque no pudo evitar reírse de nuevo.
Iba tan absorta en su broma que no se dio cuenta de que su coche arrancaba y, muy despacio, sin que el motor hiciese ruido, salía de entre los árboles y se ponía tras ella. Encendió entonces las largas, dejando a Mari Luz en un contraluz rabioso. Ella, sorprendida, se giró, sin darle tiempo a esquivar lo que se le venía encima.
Las luces del recinto se encendieron.
Vosotras sabéis escribir historias y contarlas. Yo pensé escribir sobre algunos de los casos que investigué hace años, pero me incliné en mi.miefo.prrdonsl. buena historia.😘
ResponderEliminar¡Buena puesta en escena! He recorrido junto a Eva su periplo con esa angustia de no poder imaginar qué le pasaría. Sin duda, a la graciosilla de Mari Luz le ha salido cara la broma porque la he visto atropellada por su propio coche.
ResponderEliminarUna vez más puedo decir que te superas.
Trepidante. Consigues mantener la emocion. Ocurrente y original. Me ha encantado.
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