1 - LA CITA por Isabel Villanueva

 


Creo que fue en la carátula de un álbum de recopilación de sus grandes éxitos, en la que el cantante Miguel Bosé aparecía en un primer plano sonriente y desenfocado. Cuando le preguntaron el porqué de esa imagen, dijo que así es como se veía cuando se quitaba las gafas, como todo buen miope. Recordé esa anécdota hace unos días, cuando me pasó algo vinculado con la vista. Os cuento.


Tengo la costumbre, como buena cegata usuaria de lentillas que soy, de llevar, cuando voy a pasar el día fuera de casa, cosa usual, las gafas, para ponérmelas y descansar los ojos si el día va a ser largo. 

    En el de autos fui al trabajo con las prótesis de silicona colocadas (en los ojos, no en los pechos, se entiende), y, tras el turno de mañana, comí algo ligero y decidí quitármelas hasta la hora de LA CITA, para volvérmelas a colocar entonces y lucir mona. Así que saqué mi estuche, me quité primero una lentilla, después otra y, cuando cerré el envase y metí la mano en la mochila para coger las gafas, no las encontré. Lo saqué todo; y ni flores. “No pasa nada, tranquilidad en las masas”, pensé; seguro que las había guardado en la guantera del coche, porqué suelo llevar los bolsos tan llenos que a veces temo que, cuando meto la mano, me muerda un conejo saliendo de una chistera. “No pasa nada”, me repetí. Así que cogí las llaves y me fui al aparcamiento; abrí el coche confiada, rebusqué en la guantera menos confiada y que si quieres arroz Catalina. No estaban allí. Y volver a ponerme las lentillas no era una opción, porqué me consta que en el estuche debían estar un mínimo de cuatro horas antes de usarlas, tanto para una correcta limpieza como para que no se te ponga el ojo a la virulé al colocártelas. Houston, tenemos un problema. Y no ya solo porqué en el trabajo tendría complicado ver el ordenador (probaría con letra tamaño sesenta, a ver), sino porqué después tendría que coger el coche y, por mucho que conociera el camino, mis siete dioptrías de miopía aliñadas con algo de astigmatismo no eran propicias para ello. Además, mi idea era pasarme por el centro comercial, comprarme una blusa estilosa y, entre eso, meterme en un baño para ponerme las lentillas, la blusa recién adquirida y acicalarme, llegaría la hora de LA CITA. Entonces cruzaría la calle y me acercaría a la cervecería (frecuentada y rodeada de comercios), en la que había quedado con Antonio72, usuario de una página de contactos de estas para encontrar el amor (o lo que surja), en la que llevaba apuntada desde hacía poco tiempo, harta de estar sola sin un guayabo que echarme a la cara… Y a la cama.

    De Antonio72, LA CITA, sabía que le gustaba leer (como a mi), viajar (como a mi) y que tenía, al menos en la foto que había colgado en su perfil, una cara de moreno cincuentón medianamente atractivo pero, aun y así, barruntando ya como funcionaban estas aplicaciones, esperaba que el 72 fuese por el año de nacimiento, y no su verdadera edad. Pero ahora, sin ver un pijo, ni podía coger el coche, ni ir a un centro comercial, ni comprarme una blusa estilosa ni acicalarme y, mucho menos, reconocer a un tío al que simplemente conocía por una foto que vete tú a saber si se correspondía con la realidad… Y todo por ser tan presumida, por querer lucir mis ojos azules y que no se vieran pequeñitos detrás de los cristales de unas gafas. Ahora, pensaba, me hubiera importado un pito ir con ellas, aun quitándomelas y poniéndomelas como Marilyn Monroe en “Cómo casarse con un millonario” aunque, en su caso, estaba para dar alaridos con y sin ellas, que qué mujer más guapa. A mi, en todo caso, me daban un tufillo intelectual, a secas.

    Pero… “¿Quién dijo miedo?”, pensé. Así que, cuando llegó la hora de marcharme y tras escribir un par de correos que hubieran podido ponerse en una valla publicitaria por el tamaño de las letras, me monté en mi bólido y arranqué; total, controlaba las carreteras y me sabía de sobra el camino… Así que en vez de ir a ochenta fui a cincuenta; en vez de seguir las rayas de los carriles, seguí a los coches que vete tú a saber si respetaban las rayas de los carriles; los baches no solo no los evité, sino que me los comí enteros, mientras me acordaba del puñetero ministro de fomento y, para aparcar, di gracias al cielo por no tener que meterme en el subterráneo al ver, o vislumbrar, que salía un coche y dejaba un hueco en la calle. Aparqué entonces el mío, miré acercándome todo lo que pude a la señal que había al lado y, como no pude leer lo que ponía, encogí los hombros y esperé que no fuera de minusválidos, de carga y descarga, una boca de incendios o un lugar reservado para marujas con el pelo teñido de azul, que sé yo.

    Una vez dentro del centro comercial, lo de mirar tiendas lo hice de aquella manera, viendo todo entre brumas, acercándome las prendas a una cuarta de los ojos cuando alguna me interesaba y llevándome varios chascos cuando lo hacía (por feas, por tallas, por precio,…), así que, desencantada y rendida ante la evidencia de que así no podría comprar nada, me senté en cualquier sitio y saqué el libro que siempre suelo llevar en la mochila (que voy cambiando conforme me lo leo, se entiende), pero que no recordaba que era el peñazo, en esta ocasión, de “Platero y yo”, por una bromita que había intercambiado con LA CITA para reconocernos. Yo llevaría ese “truño” (perdona Juan Ramón, pero cuando lo leí me entraron ganas de estrangular al burro con mis propias manos) y él una flor roja en la solapa… No sé de qué, porqué con el calor que estaba haciendo a ver quien era el guapo que llevaba chaqueta. En suma, que ni leer pude. Así que me aburrí un rato y, cuando se acercó la hora de LA CITA, me fui al baño, comprobé que los efluvios corporales de todo el día con la misma blusa no molestaban, me eché algo de colonia, tapé los brillos de la cara con polvos compactos y me repasé el rojo de labios, esperando no salirme y parecer el cantante de The Cure, ya que el espejo, con esos lavabos tamaño abrevadero, quedaba a metro y medio, y salí del centro comercial pisando fuerte, con el libro con la portada hacia dentro en la mano, y mirando hacia los lados como si tuviera la vista de un halcón peregrino; así llegué a la cervecería.

    Puntual como un detective de Agatha Christie como soy, constate algo decepcionada que LA CITA no lo era tanto. “Pasan solo cinco minutos de la hora”, me dije. Tranquilidad en las masas. El tráfico, alguna mancha inoportuna que implicase un cambio de última hora, la flor de la solapa pegada con celo que se le había caído,… Así que me senté en una mesa con buenas vistas (es un decir, dada mi situación), pedí una cerveza y puse el libro encima de la mesa con la portada hacia fuera, temiendo que me sacaran una copla por lucir semejante lectura (lo siento, burro; no es nada personal). Y entonces le vi… O, por mejor decir, le vislumbré, por la mancha roja que llevaba en el pecho; por Dios bendito… ¿Cómo se paseaba por la calle así? Es como si yo me hubiera puesto el libro de peineta. “Bueno, lo mismo es un cachondo”, aventuré, mientras cerraba los ojos hasta dejar apenas unas rendijas, para enfocar… Entonces, aprecié su tamaño. Pero... ¿Cuánto medía este hombre? Yo, con mi metro setenta y algo de tacón que solía llevar, me encajaba en el metro setenta y cinco. Ya especifiqué que era alta… ¿Llegaría él al uno sesenta? Quizás no era tan bajito y me engañaba mi mala visión. Pero...¿Y el pelo? Hasta con ella detecté que, una de dos; o llevaba un peluquín y no de pelo natural precisamente, o se había echado el tinte que gastaba Lola Flores. Y ya no miré más. Si 72 era su fecha de nacimiento o su edad, dejó de importarme. Metí corriendo el libro en la mochila, dejé cinco euros en la mesa para pagar la cerveza (no se quejarían de la propina) y salí zumbando como alma que lleva el diablo, mientras me pareció ver de refilón como Antonio72 se giraba al verme pasar, y hacía el conato de llamarme mientras se señalaba el floripondio que se había colocado en el pecho… Me dirigí prácticamente corriendo hacia el coche (y casi me caigo por un adoquín que sobresalía; me acordé de la madre del alcalde), abrí la puerta, me senté y arranqué pero, como vi que había salido del bar tras de mí, quité el contacto y me tiré en el asiento de al lado del conductor para que no me viera… Y allí estaban, en el suelo, debajo del asiento, las puñeteras gafas, caídas seguro durante mi búsqueda, bien guarecidas en su estuche. Las cogí, nerviosa, me las puse y me asomé de tapadillo por la ventanilla; allí seguía, delante del bar mirando para los lados, y pude constatar que, efectivamente, se había plantado, con un clip, una flor roja de plástico tamaño ramo de centro de mesa en el bolsillo de la camisa (blanca, para más señas); que pintado de azul no hubiera llamada la atención en el poblado de los pitufos (y menos, de la pitufina); que el pelo no era pelo sino un gato acostado y que, setenta y dos, eran las veces que las mujeres con las que había quedado habían salido corriendo.

    — Pues ahí llevas la setenta y tres, majo.

    Arranqué entonces, di marcha atrás, dejé el aparcamiento libre y salí corriendo. El conductor que pasaba por allí se puso muy contento.


Comentarios

  1. Ayyyyy!!! No puedo dejar de reír!!! Eres la leche, Isabel. Me ha gustado el tema, la narración y las secuencias. Aplausos y vítores.

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  2. Gracias, amiga. Me alegro de que te haya gustado.

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  3. Isabel, pero que ingeniosa eres. Me encanta la parte en la que sales huyendo y cómo vive las cosas cotidianas una miope. Lo explicas muy bien y el lector se sumerge en el relato. Tu sentido del humor me encanta!

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  4. Gracias, Carol. Es genial que lo disfrutes.

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  5. Me ha encantado y me he reído mucho. Eres única.
    Pero como la idea era corregirnos, ahi voy.
    *Puntual como un detective de Agatha Christie(creo que ahi hay una coma) como soy, constate (acento) algo decepcionada que LA CITA no lo era tanto.
    Así, en una pasada, no he encontrado nada mas. Está genial, guapa.

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  6. Muchas gracias, Amparo, por tus correcciones. Lo de la coma; lo dejo sin ella para que se lea más lanzado, por la protagonista. Y puesto el acento. ¡Que bien que te haya gustado!

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