Niágara Falls por Isabel Villanueva
La idea me surgió cuando vi una reposición de “Niagara”, en uno de estos programas en los que echan películas clásicas, con aquella Marilyn Monroe malévola que se salía de guapa, y un Joseph Cotten elegante y distinguido, fiel a su ser, aunque hiciese de marido dejado de la mano de Dios.
Hacía tiempo que le daba al magín con ese asunto, pero todo me resultaba o simple o demasiado complicado. Que ¿cual era el asunto? Pues matar a mi marido. Ahora que por fin había conseguido que nos casáramos (hacía unos meses, en una ceremonia sencilla ante notario y con dos testigos cazados a lazo), y dado que habíamos postergado la luna de miel hasta que nuestras agendas laborales estuviesen más tranquilas, podía ser el momento para llevar a cabo lo que se me había cruzado por la mente, y esto es viajar a las cataratas del Niágara y, emulando a la rubia más sexi de la historia del cine, deshacerme de mi marido.
¿Por qué?
¿Por qué ese interés en acabar con él?
Pues por la razón más sencilla del mundo; por dinero. No es que fuese millonario, no, tampoco era eso, pero tenía unas rentas, unas propiedades y, la pensión de viudedad, tampoco iba a ser pequeña. Pero necesitaba su óbito para obtenerlo todo, no solo la pensión, dado que el muy listo me había hecho firmar la separación de bienes instado por su madre, esa bruja estirada con un palo metido por el culo que, pese a llevar ocho años juntos, aun no se fiaba de mi. No entiendo porqué razón aunque, visto lo visto, se la iba a dar.
De todas formas, había otro motivo; Roberto. Le conocí hace unos meses en el gimnasio, al que me apunté para ver si las carnes, que empezaban a desmadrarse, volvían a su ser. Alto, guapo, más joven que yo… ¿Por qué se fijó en mi? Bueno, si me conocieras no te resultaría tan raro. Llamo la atención, para bien o para mal, pero la llamo. Y no estoy mal, represento menos años de los que tengo, me aúpa cierta cultura y cierta clase… No soy la típica mari embuchada en unas mallas con el tinte rubio rabioso atrapado en una coleta, ni la niñata con un cuerpín que, si se pusiera menos ropa, sería admitida con reparos en una playa nudista. Estaba en la zona intermedia… Además, facilitó las cosas que nos presentara un conocido común. Fue llegar y pegar. No puse límites. Y mira que era la primera vez que engañaba a Julián, que así se llama el objeto de mis funestos pensamientos, y mira también que pensé que iba a ser un “aquí te pillo, aquí te mato”, una alegría para el cuerpo a la salida del gimnasio, pero no… La cosa fue más allá y ahora, lo confieso, resulta que estoy enamorada de él, que vibro pensando en sus besos, y en sus manos, y en su torso, y que mi vida gira alrededor de esos glúteos de acero. Es lo que hay. Pero mi sueldo no da para grandes planes y el suyo, de camarero de bar de barrio, menos. Y yo lo quiero todo, incluyendo la estabilidad económica. TODO. Por ello, he de deshacerme de Julián.
—¿A las cataratas del Niágara? ¿No se te ha ocurrido nada más lejos? —Julián me miraba por encima de las gafas de cerca agachando el periódico de papel, que antiguo era, que consumía todos los fines de semana.
—Y… ¿por qué no? ¿Cuándo vamos a disponer de quince días extra que sumarle a las vacaciones? —Yo estaba sentada a su lado, girada hacia él, poniendo expresión de niña que pide el regalo de Reyes.
—No sé, Adela… Me parece una locura… Son muchas horas de avión y, además, allí, aparte de ver las cataratas… ¿Qué más se puede hacer? —dijo, con la inclinación a cierta tacañería siempre presente.
—No, hombre, no… Antes visitaríamos Nueva York, Boston, New Hamphire,… Y, después, veríamos también el espectáculo desde Canadá, que dicen es impresionante. —Como no le veía muy convencido, ataqué por el lado monetario—. Además que, en octubre, al ser temporada baja, nos sale bastante barato…
—Y ¿Cómo lo sabes? No me digas que ya lo has consultado con Alfredo.
Alfredo era nuestro agente de viajes particular, con el que siempre contábamos para asesorarnos sobre qué viaje hacer, y que nos conseguía tours estupendos muy bien de precio. Se me ocurrió una idea:
—Sí, de hecho, fue quien me lo sugirió—. Total, la que iba a gestionarlo todo con él era yo…
Julián se quedó pensando, rumiando sobre los pros y los contras. Era un buen hombre, no lo voy a negar, y me quería mucho, eso tampoco. Además, que yo solía hacer de mi capa un sayo, básicamente lo que me daba la gana (de ahí lo cómodo que lo tenía con mi relación con Roberto), sin que él se metiese más que de vez en cuando y de rondón; no era tonto y le veía las ventajas a que su esposa fuese una mujer emancipada que le dejase dedicarse a sus aficiones (la fotografía; Curro, nuestro (su) mastín; el mantener a punto el coche que ya empezaba a ser un clásico…). Me miró y, al verme expectante, reconocí en su expresión que se rendía.
—Bueno, pero… ¿Cuándo nos iríamos? Porqué mira que eso hay que planearlo con tiempo…
“Punto, set y partido”, pensé.
—¿Qué tiempo? —pregunté, mientras daba palmaditas como una cría—. Tenemos los pasaportes en regla y los días los podemos pedir en el trabajo con una semana de antelación, así que saldríamos en quince días.
—¿Quince días? ¿No es muy precipitado? —soltó el Julián tranquilón, poco amigo de los cambios.
—De precipitado nada; hay que aprovechar las ofertas cuando vienen… Voy a llamar a Alfredo para que nos haga la reserva ya. —Me levanté, cogí el móvil y escribí un mensaje al agente. También a Roberto; “Todo arreglado”. Nada más. Manteníamos una discreción absoluta por esa vía; nunca nos poníamos nada que no pudiese pasar por una relación básica de compañeros de gimnasio.
Me sentí tan feliz…
Dos semanas después, el día antes de irnos de viaje, mi amante y yo estábamos sentados en su coche, morreándonos como dos desesperados, en una calle solitaria y oscura, como correspondía a esa hora de la tarde. Hacíamos planes para mi vuelta, y es que yo ya lo tenía todo previsto, y sabía que no podía fallar nada. Puede que las cataratas tuviesen muchas medidas de seguridad para los turistas, pero como servidora era aguerrida y siempre buscaba el riesgo, Julián no se sorprendería si me metía por alguna zona restringida; él, seguro, se vendría detrás de mi para hacerme desistir de hacer el ganso, como me decía y, entonces… Tenía mi tamaño, yo estaba musculada y él no sospecharía nada; sería fácil. Además, tenía la tonta costumbre de ir siempre con zapatos, lo que me ayudaría con ese suelo que, seguro, estaría resbaladizo.
—No sé que voy a hacer tanto tiempo sin ti…
Roberto me acariciaba el mentón mientras me lo decía, mirándome con sus ojos de malote, y yo me quería morir. Tampoco sabía como iba a soportar su ausencia, sin ni siquiera poder hablar con él... Tal vez un día; un día sí, no resultaría sospechoso.
—No hablemos, no digas nada… Solo piensa en que, cuando vuelva, por fin, seremos libres para disfrutar de nuestro amor. —¿Yo había dicho eso tan cursi? Estaba claro que ese hombre me estaba llevando al desastre.
—Ya, pero después tendremos que esperar para que no sospechen… Y estoy harto de andar a escondidas. Además, que tu suegra no te lo va a poner fácil siendo como dices que es.
—Pues la tiro por las cataratas también—le sonreí. Le besé—. No te preocupes por nada; lo tengo todo controlado.
Eso creía yo.
—¡No te arrimes tanto a la barandilla, Adela, por Dios!
Julián gritaba a su mujer desde la pequeña distancia que les separaba. La quería y haría lo que fuese por ella, pero si se resbalaba y se caía, poca ayuda podría ofrecer.
El día era de perros, no tenían que haber subido a los miradores. Viento, lluvia, frío,… Era finales de octubre y estaban en la frontera con Canadá… ¿Qué esperaban? Y mira que el viaje había resultado fantástico; se había alegrado mil veces de la iniciativa de su esposa, porqué ni en sus mejores sueños hubiese pensado que todo cuadrase de aquella manera… ¡Si hasta habían recobrado la pasión perdida con los años! Pero, al día siguiente, volvían a Nueva York para coger el avión de regreso a España y, fiel a su costumbre, Adela quería verlo todo, sin amilanarse ante el mal tiempo ni las dificultades. Por eso estaban ahora allí, a no se cuantos metros de altura, contemplando las cascadas que atronaban, y con un viento que amenazaba con hacerles perder la vertical en cualquier momento.
—¡No seas cobardica, Julián; acércate! —Adela sonreía entre las gotas de lluvia que le resbalaban por la cara, ya que no había ningún chubasquero que pudiese evitar mojarse con ese tiempo. Se zarandeaba peligrosamente agarrada a la baranda que, la verdad, no parecía muy resistente, y extendía el brazo hacia él.
—¡Adela, por favor! ¡Vente para acá! ¡No seas loca! —Julián estiro también el brazo hacia ella, intentando sujetarla, pero no hubo forma… Su mujer, que intentó agarrarse, se resbaló y cayó por la cornisa. Pudo ver su cara de sorpresa mientras se perdía en la tromba de agua.
—Hemos recuperado el chubasquero… Si no lo llevaba bien cerrado, se le pudo desprender en la caída. —Habían pasado casi veinticuatro horas desde que Adela cayó por el barranco. El policía que le atendía, Hernández de apellido, le hablaba amablemente en español con un suave deje anglosajón, mientras le mostraba la prenda enfundada en una bolsa de plástico transparente. Julián agradecía al cielo el origen hispano del agente ya que, entre los nervios y su inglés básico, le había resultado imposible hacerse entender y comprender por un tal inspector Willians, como rezaba en la chapita que llevaba en el pecho, con esa forma de hablar que tienen los estadounidenses, masticando las palabras. Hernández volvió a hablar, sacándole de ese ensimismamiento extraño en el que se encontraba—. También su móvil… Iba en uno de los bolsillos cerrados con cremallera—. Se lo extendió, a una cierta distancia. Tenía enfundada la mano en un guante de silicona.
—¿Funciona? —preguntó Julián sin saber qué decir, aturdido por la situación.
En ese momento, milagrosamente, dado el estado del teléfono, entró un Whassap. Era de un tal “Roberto Gimnasio”, y pudieron leer:
”¿Salió todo bien?”
Estupendo, Isabel. Sorpresa final.
ResponderEliminarMuy buena narración, chispeante como nos tienes acostumbrados. Me ha gustado, sobre manera, el final. No lo esperaba en absoluto. ¡Felicidades!
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