9 - La primera vez que vi la luna por Amparo Jiménez Planas
Tenía
15 años y en mi vida nunca había me había pasado nada emocionante. Era verano y
estábamos toda la familia en El Campito. La familia éramos mis padres, mis 7
hermanos y yo. El Campito era una huerta de 4 hectáreas de naranjos ubicada
cerca de la ciudad de Sevilla. Tenía una gran casa que había ido creciendo a
medida que la familia de mis padres crecía, una zona de jardín y una alberca de
riego donde disfrutábamos todos. Durante mi infancia y adolescencia pasé los
tres meses de vacaciones del colegio en El Campito. Esos largos días de verano
eran aburridos y monótonos, especialmente en aquellos tiempos en los que mis
amigas y primas se iban a las playas y mi hermana, mi hermano y yo nos quedábamos
en el campo. Nuestros hermanos mayores eran ya adultos e iban y venían a su
aire y mi hermano pequeño era, lo que decíamos
entonces, cascaron de huevo con sus 5 añitos. En aquellos tiempos los padres
jugaban poco con sus hijos por lo que mis hermanos y yo no teníamos nada que
hacer en todo el día más que leer, bañarnos y pasear en bicicleta. "Pobres
niños ricos" diríamos visto desde la perspectiva actual, pero para
nosotros, comparado con el plan de las playas, era todo un aburrimiento.
Yo siempre he tenido una relación muy
intensa con la luna. No recuerdo la primera vez que la vi, siempre la he visto.
Quizás mis largas estancias en el campo, fuera de la ciudad, me ha permitido
contemplarla en múltiples situaciones. Desde la mínima luna creciente a que
parece un arco estrecho y brillante, hasta la luna menguante en el que parece
una enorme C, y todos los estados intermedios, la luna siempre es hermosa. Aunque la más espectacular es la luna llena.
Si tienes la suerte de observarla en su salida por el horizonte, la menor
cantidad de atmosfera entre ella y la tierra hace que adquiera un color naranja
intenso y un mayor tamaño. Esa es mi luna favorita y la recuerdo en El Campito,
en el camino de la alberca, desde muy pequeña. Cuando va subiendo en el
firmamento va perdiendo su color de bombona de butano, se va volviendo blanca y
derrama su luz en la noche, plateando el campo y el mar. Pero tan espectacular
es la luna visible como la luna nueva, cuando esta invisible. Entonces permite,
en la oscuridad de la noche, ver el firmamento en todo su esplendor de millones
de estrellas, constelaciones y galaxias.
Aquella noche del 20 de julio de 1969 la
luna estaba en cuarto creciente, camino de la luna llena. Desde el campo de tenis
del Campito la podía ver brillando en el amplio cielo. Pero aquel día la luna tenía
un significado especial: el Apolo XI, enviado por la NASA de los EEUU, iba a
alunizar en unas horas y la luna iba a experimentar un antes y un después. Yo sentía
una emoción especial, encontrándome privilegiada por poder vivir esa epopeya. Tenía
sentimientos contrapuestos. Por un lado, entusiasmo ante el paso tecnológico
que iba a tener lugar; ya estábamos en el futuro. Por otro lado, sentía la pérdida
del misterio y la inviolabilidad de la luna, es como si la fueran a mancillar.
La noche iba a ser larga. Ya habíamos
cenado y no había nada que hacer hasta la hora de la madrugada en que se preveía
que el hombre iba a pisar la luna. Fue una noche intensa. Aquel verano de 1969
estaba también una joven irlandesa que pasaba unos meses con nosotros para
practicar el inglés que estudiábamos en el colegio. Ese año el grupo V Dimensión
había lanzado la canción "Acuario, Let de sunshine in” y pasamos la noche escuchándola.
La irlandesa nos sacó la letra, no había internet para conseguirla, y la cantábamos
en bucle. La era de acuario nos acercaba a la conquista del universo que estábamos
viviendo. Pero la noche era muy larga para una sola canción y la combinábamos
con el recién salido LP "Dedicado a Antonio Machado, poeta " de Juan
Manuel Serrat, que convertiría en clásicas canciones como "
Cantares": Caminante no hay camino se hace camino al andar, yo me
imaginaba el camino hacia la luna, y "Las moscas" que abundaban en
aquella época del año. Periódicamente salíamos
al jardín a mirar la luna con ojos nuevos. Entre cantos y ensoñaciones llego la
hora en que tenía la NASA previsto el alunizaje y nos amontonamos en la salita
donde estaba un pequeño y panzudo televisor en blanco y negro. En la pantalla se
veía la imagen del Apolo XI posado en la tierra lunar y con una escalera que
los unía. Se pronto apareció un astronauta, Neil Armstrong, bajando por las
escaleras; todos sentíamos que nos embargaba la emoción. Al llegar al final de
la escalera la cámara hizo zoom en el pie del astronauta que avanzó hasta
plantarse en el suelo levantando una nube de polvo lunar. En ese momento se oyó
la frase de Armstrong "Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran
salto para la humanidad», en inglés, claro. Eran las 04:56 de la madrugada del
21 de julio de 1969. Después de aquello salí al jardín y contemplé la luna como
si fuera la primera vez que la viera.
¡Magnífico recuerdo! Vaya experiencia. Me ha gustado mucho leerte por tu naturalidad y buen hacer.
ResponderEliminarVeo que has tirado de recuerdos, Amparo, y es curioso como los recuerdos de los demás, aparte de permitirles conocerles mejor, te traen a la mente hechos del pasado, tan trascendentales como el que cuentas. De pronto, me he puesto a pensar en las personas que, como tú, como vosotros, vivísteis ese gran paso en directo... Tuvo que ser impresionante. Y me encanta el tono sepia con el que lo has narrado.
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