9- La primera vez que vi la luna por Isabel Villanueva
—La primera vez que vi la luna tenía trece años…
—Sí, hombre; te quieres ir…
—Y un cuerno… ¿Cómo va a ser eso?
—Anda, anda, anda,…
Los alumnos y alumnas, seamos paritarios, empezaron a protestar y no me dejaron continuar. Panda de zoquetes (lo siento, desconozco el término femenino)… Estaba de suplencia en la clase de Lengua Castellana y Literatura de un instituto al uso, ganando puntos, pese a mi edad, como interina, a ver si era posible que algún milenio dejase de serlo, y tenía que seguir por donde lo había dejado el profesor titular, que llevaba dos bajas ya en lo que iba de curso pese a su exigua edad, treinta y cinco años, y que me había dejado el “marronaco” de la poesía, género que odiaba y al que me parecía imposible hacer llegar a esos tarugos y tarugas. Así que eché mano de un tema que habían propuesto en una tertulia literaria en la que colaboraba por parecerme ensoñador, para así evitar tener que lidiar con el “cien cañones por banda” de Espronceda o las declaraciones amorosas, tan hermosas por otra parte, que don Antonio Machado le dedicó a su esposa Leonor.
La primera vez que vi la luna, ese era el tema. Ahí es nada. ¿Cuándo fue? ¿De bebé? Pues supongo, pero no me acuerdo… De hecho, el primer recuerdo que tenía de mi medio siglo de vida, era el de salir al patio de la urbanización donde vivíamos, con un chaleco turquesa precioso de punto de arroz que me había hecho mi madre, y el pelo, mi abundante pelo, suelto pero con una cola recogiendo las guedejas de los lados para que no se me vinieran a la cara, lo que indicaba que era domingo. El resto de la semana iba con dos hermosas y gruesas trenzas, como la hija de Pancho Villa, aunque yo tenía de mexicana lo mismo que de astronauta; nada. Pero el caso es que ese día tampoco recuerdo haber visto la luna, básicamente porque era por la mañana, aunque sí el sentirme feliz y contenta con mi ropita nueva y la disposición a quemar el patio jugando con las demás niñas, que es lo que hacíamos por entonces. Que bonita remembranza, por cierto.
Más crecida tampoco la recordaba especialmente, a la luna, digo. Hombre, ya sabía que estaba ahí en sus diversas formas, pero no era yo muy imaginativa, o no al menos con el astro lunar del que, hablando en plata, pasaba, hasta que un día…
Miré la clase toda revuelta, con esa panda de golfos y golfas hablando entre ellos, pasando olímpicamente de mi (de pronto comencé a entender las consecutivas bajas del titular) , tomándome por tonta, imagino, sabedores de que hoy en día tienen todas las de ganar, ya que hagan lo que hagan no solo no pasa nada, sino que lo más normal es que te venga uno de sus progenitores, en cualquiera de sus mezclas (no me voy a poner ahora a desglosar géneros), a decirte que porqué leches no han condecorado a su hijo con la medalla del mérito civil (que el que se levante por las mañanas y respirar lo merece), o a su hija con el nobel de física (oiga, que sabe que oxígeno en la tabla periódica se escribe O2). Eso si no te venían con lo del hije o el niñe, como me había pasado en más de una ocasión con criaturas más perdidas que el barco del arroz, pero con unos padres encantados por ser tan modernos y admitir esa libertad de definición, o más perdidos que los hijos pero que actuaban de forma bovina siguiendo los dictados del sistema. Y también, que aquí no acababa la cosa, podían ser altas capacidades (bastaba conque se supiesen las vocales en orden), bipolar (si el cuello les daba para mirar al norte y al sur) o hiperactivos (el nervioso de toda la vida), entre miles de acepciones más. El caso es que ahora ningún hijo era normal; normal, por favor,… “Mi hijo normal”, te diría el padre o la madre de turno, volcando sus frustraciones de mediocre en su descendencia. “¿Cómo va a ser normal mi Aarón? ¿Estamos locos?”. Buff.
De pronto, pensé… ¿Que coño hago yo aquí? Maldita generación la mía, en la que todo el mundo pensaba en ser médico, profesor o ingeniero. Maldita carrera la mía, que sólo te dejaba la segunda opción. Malditas oposiciones, que no terminé de aprobar y me tenían anclada a las necesidades del profesorado ausente, siempre de acá para allá y cogiendo al caballo por las riendas en el hipódromo que estuviese… Y encima no te quejes, Paula, ni se te ocurra, faltaría más, con la suerte que tienes, que nunca te falta el trabajo. Y, malditas las ganas que tenía de seguir ejerciendo, intentando meter algo de cultura, interés o sabiduría en esa bandada de cernícalos.
Pero reaccioné; mejor o peor, para eso me pagaban ¿no? Y carácter me sobraba; adolescentes a mi… E inteligencia, no solo para hacerles ver las cosas, sino para hacerles sentir lo zotes que eran si se ponían chulos, porqué ellos no podían subir a mi nivel, pero yo sí podía bajar al suyo. Así que me armé de valor y les mandé a callar, en un momento en el que solo les faltaba sacar las litronas (perdón, los Red Bull o la bebida energética que consumiesen) y los porros para estar a sus anchas.
Obviamente pasaron de los primeros y suaves acordes de mi voz, del “por favor” y demás gaitas, así que cuando terminaron de ahumarme el bacalao, grité:
—¡Que os calléis de una puta vez, coño!
Acompañado de unos melodiosos toques con la mano en la mesa, rollo Manolo el del bombo. Por un momento temí que se hubiese oído en las demás clases, o que algún móvil subrepticio (se les quitaba antes de entrar en clase, pero como para fiarse) me hubiera grabado para hacerme trending topic con el título: “Profesora cabreada echando sapos y culebras por la boca mientras rinde homenaje a Phill Collins”. No, demasiado largo y rebuscado… Además, si no sabían quienes eran los Dire Straits (lo había comprobado), menos aun el batería de Genesis (no, no me falta el acento; va en inglés). Aprovechando el silencio estupefacto de los cabroncetes, tiré para adelante:
—¿Me queréis escuchar?—seguí gritando; no les iba a dar cuartelillo—. ¡Es vuestra obligación. Os recuerdo que estáis aquí para aprender y, aunque sé que hoy en día nos ponen muy difícil a los profesores catear a los alumnos, no olvidéis que estoy de sustituta, por lo que me puedo ir de aquí dejando un suspenso general sin que me tiemble el pulso…! ¿Estamos?
Me hizo gracia ver esas treinta y tantas caras, todas con las bocas cerradas y gestos que iban desde la extrañeza, al miedo, al enfado,… Pero calladas al fin y al cabo. Objetivo conseguido.
—Y ahora voy a seguir por donde me interrumpisteis, y ya podéis prestar atención porqué después os voy a poner un ejercicio, y no vais a tener más ejemplo que el que os dé ahora ¿de acuerdo? —Las expresiones eran las de las vacas viendo pasar un tren—. ¿Comprendido? —enfaticé con su poquito de mala leche; no estaba dispuesta a que se me volviera a dispersar el rebaño. Y cuando escuché un “ssssiiiii…” desganado pero generalizado, salí de detrás de la mesa y me senté encima en plan chula, con las piernas colgando. Los miré casi uno por uno y, satisfecha, baje el tono y empecé mi narración, adoptando un tono melodioso—. La primera vez que vi la luna tenía trece años… —los volví a mirar arqueando una ceja, dispuesta a atajar el cachondeo. No se oía una mosca—. Quien hizo que la viera se llamaba Manuel; era un compañeros de instituto que estaba en un curso superior. Aun recuerdo sus apellidos, aunque hace más de treinta años que le perdí la pista. Era el guapo de su clase, aunque no se daba cuenta, con ese pelo rubio un poco largo y las facciones marcadas, tan americanas, mientras que yo era normalita y gracias, o eso al menos pensaba, ya que tardé aun unos años en quitarme los complejos de encima. Me ponía nerviosa solo la idea de verle en el recreo y, cuando se acercaba a nosotras, su hermana se juntaba con mi grupo, me retiraba a la otra punta del patio porque no sabía cómo actuar ni qué hacer, al margen de que se me subía el pavo a la cara. Por lo demás, cuando estaba alejado pero al alcance de mi vista, me ponía a hacer la idiota para llamar su atención, pegando chilliditos y embarcándome en peleas de broma con mis amigas… Cosas de crías, porqué eso es lo que éramos entonces a esa edad. —Hice una pausa dramática. Miré al respetable. Callaban y escuchaban. Al fin y al cabo lo que narraba eran mis vivencias a la edad que ellos tenían ahora. Seguí—. Recuerdo que un día casi me choco con él, a las afueras del colegio, y casi me muero del corte porqué llevaba puestos unos pantalones de mi hermano, que me sacaba tres años y del que heredaba todo lo que se le quedaba pequeño, porqué mi madre no entendía que alguna ropa no era intercambiable, como era el caso de esos pantalones marrones de tergal. Que horror… Salí corriendo para que no me viese con semejante facha, aunque estaba segura de que él no se molestaba en reparar en mi. —Los alumnos seguían callados, escuchando con atención, no sé si interesados en la resolución del relato o alucinando con lo que hacía la adolescencia en la prehistoria—. Lo pasé mal, me dio vergüenza mi aspecto; me sentí fea, pobretona, burda y sin estilo. Después de eso, estuve unos días literalmente huyendo de él si lo veía aparecer por el horizonte hasta que, una tarde, esperando en la calle que bajase una amiga que vivía en el bloque de enfrente al de Manuel, le vi salir. No hice nada, tranquila por la distancia aunque con el corazón, como siempre, bombeando con más fuerza ante su presencia. Me di la vuelta y seguí pensando en mis cosas hasta que, de pronto, alguien me dio un golpecito en el hombro. Me volví y era él, a dos palmos de mi cara (aun no había dado el estirón y teníamos la misma estatura) que, sonriendo y mirándome con los ojos azules más azules que había visto en mi vida, me dijo: “Hola, Paula; ¿has visto a mi hermana?”. De lo nerviosa que me puse no sé que le respondí, pero él se fue agradecido volviendo a tocarme en el brazo como despedida. Pasando de mi amiga me fui de allí y, con una sonrisa de oreja a oreja y flotando entre nubes, me puse a deambular por las calles del barrio con una felicidad desconocida, hasta que anocheció y vi salir la luna, redonda, amarilla, brillante,… Esa fue la primera vez que vi la luna y aun no se me ha olvidado, ni como era, ni lo feliz que me sentí. Fin. —Me callé esperando reacciones. Estaban todos en silencio, rumiando. El mutismo era absoluto. Pero, temiendo que esperasen una segunda parte en la que Manuel y yo acabábamos saliendo, o en la que al final me enamoraba de su hermana, vete tú a saber, atajé por donde siempre lo hacemos los profesores y, mirando a la concurrencia, solté—: ¿Alguna pregunta? —De pronto, una mano se levantó, tímida. Era Gabriel, uno de los alumnos con menos luces de la clase. Me ilusionó pensar que mi simple, pero verdadera historia, le hubiese revuelto el magín hasta el punto de querer plantear una cuestión. Esbocé una sonrisa y le dije—: Dime, Gabriel.
El chaval, armándose de valor y venciendo su timidez, se lanzó y, mirando a la clase primero y después a mi, preguntó:
—¿Qué es tergal?
Bueno, bueno, bueno... ritmo trepidante, casi ni respiro siguiendo palabra por palabra esa efervescencia tan personal que tienes y que tanto engancha.
ResponderEliminarEl fianl, esplendido; me ha hecho soltar una carcajada muy a gusto. Enhorabuena.
Me asombrada tu capacidad de pasar de una tema a otro, tu imaginación, o recuerdos, desbordante. Me has dejado desconcertada, y he disfrutado la lectura.
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