9- El primer día que vi la luna por Beatriz Salas Escarpa


Hablando con la luna, de la luna 


Cuando echo la vista atrás, me doy cuenta de que la luna no ha estado muy presente en mi vida. Seguramente es porque la noche llega a mis días antes de lo habitual y no está el cuerpo para mirar al cielo, sino para meterse entre sábanas de algodón, acurrucarse siempre de lado y cerrar los ojos con la necesidad de perderse de la realidad. Luego vienen los sueños, casi siempre a retazos, sin mucho fundamento, aunque también hay veces que son perfectas repeticiones de lo vivido el día o los días anteriores. Con estas premisas, difícilmente me planteo si está o no la luna por algún sitio. Sin embargo, tengo que reconocer que, desde hace un tiempo, la atrapo por las mañanas —no todas, esa es la verdad, pero sí muchas— y la observo como algo nuevo, embobada por la belleza del amanecer. No importa el tamaño o la forma que tenga en ese momento, solo que ella está ahí, iluminando mis despertares. ¿Que si es bonita? Pues, si soy sincera, la miro más como compañía, sin analizar si es o no una belleza. Aunque debo decir que su discurrir delante de mis ojos, según van pasando las horas hasta que amanece, me resulta elegante. Verla allí, tan colocadita, suspendida en el cosmos sin perder su estilo, impresiona si te paras a pensar. Y si ya profundizas, entonces la ensoñación te lleva por caminos inseguros que te hacen perder el objetivo. Lo mejor es quedarse y mirarla fijamente, como el que quiere hacer una pregunta y no sabe cómo enfocarla. Ya, ya lo sé, ¿para qué preguntarle si no va a contestar? Lo sé, pero apetece, ¿o no?, decirle de frente: «¿Qué es lo que pretendes? ¿Por qué estás siempre por ahí tan presente y tan calladita?». 

¡Cuánto misterio y cuánta inspiración ha despertado verla aparecer vestida siempre de blanco! Bueno, no siempre, porque en una ocasión, conduciendo por una autopista, de repente surgió ante mí ENORME y de color naranja. Eso sí que fue asombroso. No supe qué pensar ante tanta inesperada belleza. ¿A qué sería debido? Y, dentro del instante, sin darle muchas vueltas, no se me ocurrió otra cosa que pedir un deseo convencida de que se cumpliría. Luego, como no podía parar el coche, tuve que seguir y, poco después, desapareció. Fue como una visión, una ensoñación, como si, por alguna razón, ella sola hubiera elegido presentarse sin invitación a sorprenderme.

Y si quiero sacarle más información a mis memorias, puedo pensar en nocturnos viajes, cuando, en la parte de atrás del coche de mi padre, apoyada en la ventanilla con gesto aburrido, observaba a esa extraña que me miraba fijamente. Al escudriñarla en profundidad, queriendo llegar a sus relieves, encontraba la forma de acomodar su físico a una cara. Porque otra cosa no, pero nadie puede negar que tiene cara: seria, fría y bien definida. La he visto desde siempre sin romanticismo ni tonterías. Tan solo una cara, sin más, que me mira desde arriba.

Cuando escucho poemas, canciones o referencias a la luna, no entiendo muy bien el porqué. ¿Soy rara? Quizá. Como una agnóstica que no entiende el significado real de lo que a tantos inspira y tanto se aplaude. ¿Hiere mi sinceridad? ¿Se me puede culpar de no tener sentimientos o de no profundizar en algo tan de interés general? Quizá. Me pasa lo mismo con el mar o la mar: no consigo sentir lo más mínimo ante su inmensidad. Otra cosa sería hablar de los campos ingleses, de sus campiñas verdes por doquier. Allí me reconozco asaltada por un sentimiento desconocido, abrumada por una sensación más allá de mi comprensión que me despista y a la vez me conmueve. Y viviendo como vivía en una casa en el campo inglés, ¿por qué no recuerdo mirar a la luna, sacarle el jugo a la experiencia y vivir alguna otra emoción, aunque no sea comparable con aquel entorno transformador?

Vuelvo a decirme que las horas en las que repliego velas y Morfeo me lleva a su mundo impiden verla aparecer acompañada de ese manto de estrellas que tampoco me dicen gran cosa. Aunque… aquí tengo que pararme porque recuerdo que, hace unos pocos años, en una zona bastante alejada de la civilización, mientras vivía en una casa terrera en el norte de Tenerife, una noche que aún vestía el negro más profundo, al salir recién despierta al jardín, fui impulsada por una rara energía que me hizo abrir los brazos y sentir que era parte de aquel cielo cuajado de estrellas rodeando a la luna más luminosa que nunca había visto. Sí, ese momento fue especial, diferente e imprevisible, porque no lo hice de forma consciente ni pensada. Casi de inmediato me vi a mí misma girando en una especie de ritual, mientras me envolvía la sensación de esa unión con lo desconocido.


—¡Mamá, mamá! ¿¡Dónde estás!?

—Calla, loca, ¿por qué chillas?

—Llevo un buen rato buscándote. ¿Qué haces sentada en el suelo con el frío que hace? 

—Mira, he encontrado unos cuadernos de la yaya y estoy alucinando. No sabía que escribía.

—¿Es un diario?

—No… Habla de la luna.


Comentarios

  1. Bonitos y bellos recuerdos, que con algunos se identifica uno por haber vivido momentos parecidos .❤️❤️❤️

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  2. Aunque tengo que reconocerte, que desde mi más joven adolescencia, dudo de lo que es la Luna. Ya lo comentaremos en algún momento, porque no he querido plantearlos en mi relato

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  3. O sea, Rafael, que compartes la misma idea que yo. ¿Es así?

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  4. Es curioso la percepcion de cada uno. Para mi la luna siempre ha estado muy presente en mi vida. Casi mas que el sol. Siempre la busco y la he visto de mil maneras. Me ha sorprendido tu relato y me ha gustado.

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  5. Precioso relato... Bello, ensoñador... La luna y sus misterios, que tanto dan de sí. Querida Beatriz, queridos compañeros, es un absoluto placer leeros.

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