8 – La catarata por Beatriz Salas Escarpa
Querido diario, de nuevo me tienes aquí, después de tanto tiempo, para contarte uno de los episodios más inolvidables de aquellos días con Lucca.
No sé si puedo empezar por «Había una vez», quizá sí, porque lo cierto es que entrar en esta historia es como pasar por las páginas de uno de esos cuentos que nos dan la llave de la puerta que nos traslada a otra realidad. O, al menos, así lo viví yo.
Fue en la primavera del 89, tras un viaje familiar por tierras caribeñas. Regresaba con las emociones a flor de piel, no solo por lo vivido con el grupo de jóvenes emprendedores, que me hicieron sentir atraída y deseada, sino también por la estrecha relación con mis padres, que me pidieron acompañarlos en lo que se convirtió en una experiencia única.
Queriendo contarle los ligoteos de mis vacaciones a mi amiga Pepa, acudí a su tienda en cuanto tuve un momento. Ella, impaciente por escucharme, estaba también loca por anunciarme que, por fin, acababa de alquilar su apartamento de la playa de manera indefinida. ¡Madre del amor hermoso, qué buena noticia! La pobre llevaba años queriendo rentabilizar una inversión que, por su situación, solo daba beneficios dos de los tres meses calurosos, ya que uno lo disfrutaba con su familia.
Una madre y su hijo madurito venían a instalarse en las inmediaciones para montar un negocio de artículos de bebé. Tras muchas confidencias, partí tranquila a seguir con mi atareada vida mundana.
Durante unos meses todo fue bien. Luego, creo que fue en febrero, sí, eso, en febrero, me llamó nerviosa y angustiada, sin saber qué hacer. La pareja madre-hijo no pagaba el alquiler. Casi lloraba, decepcionada. «Con lo elegantes y educados que eran», repitió varias veces. En cuanto pude, me acerqué y comentamos cómo podría hacer que cumplieran o, si no, echarlos con viento fresco. La verdad es que no sería fácil encontrar nuevos inquilinos, pero que vivieran gratis… «¡No! Ni hablar, no lo consentiré», aseguró.
Con la excusa de arreglar no sé qué del seguro del hogar, quedó con la madre una tarde. Yo la acompañaría para conocerla y poder evaluar al personaje. Ya se había convertido en «un personaje» —la madre, digo, porque del hijo no se hablaba—.
Sobre las seis estábamos llamando al telefonillo. La señora nos esperaba con la mesa preparada y la merienda a punto de ser servida. No habrían pasado ni diez minutos cuando, inesperadamente, se abrió la puerta. Lucca, el hijo, regresaba de un día en la playa: melena por los hombros, cuerpo más o menos atlético, muy bronceado y con una seguridad en sí mismo que nos hizo centrarnos en su llegada. La madre amantísima se levantó y lo recibió con un beso, como quien no lo ha visto en días. Pepa y yo nos quedamos quietas, esperando su incorporación. Nos saludó, se sentó en la única butaca libre y nos entretuvo con su simpatía hasta la hora de irnos. Eso sí, no nos dejó marchar sin que le prometiéramos volver a los dos días a cenar. Nos querían agasajar. A esas alturas, la deuda de tres mensualidades había quedado olvidada.
Me arreglé a conciencia para esa serata, como la llamó él, mezclando ambos idiomas, ilusionada con encontrarle y disfrutar de su compañía y de sus graciosas bromas, que tanto me habían gustado el día que le conocí. Además, era tan atractivo que quería quedar bien.
La primera impresión, al ver cómo habían preparado la mesa con todo lujo de detalles, fue tan agradable que pensé que con esa elegancia nada podía salir mal. La comida estaba deliciosa y hasta el postre nos sorprendió: soufflé de piña. Fue una cena única. Cuando la velada llegó a su fin, Pepa se levantó, la señora la imitó para empezar a despedirse y Lucca me propuso tomar algo por ahí mirándome directamente a los ojos. No supe decirle que yo no salía de noche, la verdad es que ni lo pensé. Solo supe aceptar y seguirle cuando dijo: «Te sorprenderé».
Y me sorprendió, vaya si me sorprendió, como nadie lo había hecho nunca. Atravesamos la zona de urbanizaciones y se adentró por un camino que no conocía, apenas iluminado y lleno de baches, hasta una cala recogida y discreta. Al fondo, casi escondido, un bareto no muy grande, de madera deteriorada, te ofrecía al entrar música de bossa nova que inundaba el corazón. Los cócteles de la casa eran tan originales que apetecía probarlos uno tras otro.
Apenas hablábamos cuando me cogió suavemente la mano y me llevó a la pista. Le seguí como obnubilada, movida por una mezcla de su irresistible encanto y la maestría con la que se comportaba.
¿Hay palabras para describir lo que sentí al movernos muy pegados, unidos por algo especial, contoneándonos y como sugiriendo que llevábamos bailando juntos toda la vida? ¿Se puede llegar a imaginar cómo sus grandes manos, con los dedos abiertos, apretaban mi espalda contra su pecho, mientras me llevaba suavecito por el espacio entre mesas? No recuerdo cuánto estuvimos así, pero lo que tengo claro es que pasé de mi realidad a un lugar desconocido, donde mandaban las emociones y los sentidos. Olvidé hablar, respirar, olvidé quién era o dónde estaba. Solos él y yo con esa música embriagadora que nos envolvió por completo.
Nos costó regresar a la mesa y continuar como si nada. De hecho, no hablamos mucho más. Cuando entendí que nos marchábamos, me levanté, cogí mi bolso y noté de nuevo su mano en mi cintura, como si el abrazo siguiera; sentía que le pertenecía.
El paseo por la playa, en plena luna llena, descalzos hasta el coche, fue también maravilloso. El trayecto hasta mi casa resultó demasiado rápido. Cuando me cogió la nuca y me acercó a su boca… caí rendida en sus brazos.
Me citó para desayunar y se fue dejándome tan insatisfecha como feliz.
Fueron unas semanas imposibles de relatar. Nada podía prepararme para lo que fui descubriendo de mí con él. ¿Esa persona era yo? Sus sorpresas, como la de aquel amanecer junto a las rocas del acantilado; sus caricias infinitas mientras recorría mi cuerpo con un aceite especial; su interés por llevarme a sitios que no imaginaba para «ver cómo se te abren los ojos asombrados»; ese continuo halagarme para «hacerte sentir». Eran sensaciones tan fuertes y variadas que vivía en una burbuja difícil de imaginar.
Cuando abordamos el problema del alquiler pendiente, como buena emprendedora y sin varita mágica, tuve un par de ideas que le solucionaron la papeleta. Entonces, sus muestras de «amor», aunque parezca increíble, superaron cualquier expectativa. Incluso hubo regalos importantes que nunca supe de dónde salieron.
Y un día sonó el teléfono. La voz de Pepa era casi ininteligible. Tuve que calmarla para entenderla. Había ido al apartamento y estaba vacío.
—¿Cómo que vacío? —respondí sin comprender.
Al no obtener respuesta a sus insistentes llamadas, preguntó a una vecina y esta le confirmó que los había visto salir en un taxi con varias maletas. Con su propia llave abrió la puerta. Habían desaparecido.
Supimos después que Lucca debía dinero por todas partes.
El cuento había terminado. Una catarata de lágrimas, alimentada por la añoranza de nuestros momentos tan íntimos, no dejaba de crecer. Enfermé y estuve fuera del mundo una buena temporada. Me hacía mil preguntas y no encontraba respuesta. ¿Me había querido? ¿O había jugado a tenerme rendida a sus pies? ¿Podía alguien comportarse como él lo había hecho y no querer a rabiar? Me transformé en un ser apagado.
Han pasado los años y aún puedo sentir sus caricias. ¿Sabes?, no cambiaría aquellos días por nada del mundo, porque ¿cómo iba a vivir lo que me hizo sentir si ni siquiera sabía que existía? Durante un tiempo fui la reina del encantador de serpientes, y valió la pena. Sí, ¡valió la pena!
Cada vez escribes mejor. Muy bonita historia.
ResponderEliminarQue bonito, Beatriz, me has emocionado... Al principio, cuando dices que regresabas después de unas vacaciones caribeñas, mi pregunta era ¿a donde?, pero al continuar con la lectura me ha dado igual porqué no interfiere en lo que cuentas. Vaya con Lucca... pero olé por lo que te hizo sentir, o lo que le hizo sentir a la protagonista de la historia (emoticono de guiño).
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