8 - 30 años de Amistad por Amparo Jiménez Planas
Aquel día teníamos reunión de "Las
Irlandesas". Era nuestro grupo de amigas del colegio, Reyes, Ana, Carmen y
yo, que nos reuníamos a comer de vez en cuando. A alguna de nosotras, no
recuerdo a quien, se le ocurrió que pronto iba a hacer 30 años de que éramos
amigas. Habíamos coincido en 1º de bachillerato en el Colegio de las
Irlandesas. Fuimos un grupo bastante atípico dentro de la clase: éramos
modernas, feministas, liberales, profundas y contestatarias, en un colegio de monjas de niñas de clase media-alta de la
Sevilla de los años 60. Durante muchos años mantuvimos nuestra amistad,
alternando periodos más intensos con otros más distantes entre unas y otras. En
aquella época teníamos sobre 40 años y nuestras vidas habían recorrido
trayectorias muy diversas pero siempre con un punto de contacto fundamental,
éramos amigas del alma. La amistad entre personas que se conocieron en la
infancia -adolescencia siempre es una amistad muy especial, diferente de las
que se forjan en la madurez. Nosotras habíamos jugado juntas, despertado a la
vez a la sexualidad, experimentado los primeros amores y desengaños, compartido
los deseos e ilusiones de cada una y tenido, y superado[U1] ,
las primeras peleas y confrontaciones. Habíamos asistido a las bodas,
acompañado a las separaciones de parejas, llorado juntas las muertes de padres,
festejado los nacimientos de hijos y seguido el desarrollo de la carrera
profesional de cada una. Éramos, como dije antes, amigas del alma. Sin embargo
realmente éramos todas muy diferentes en cuanto a personalidad, desarrollo
profesional y situación familiar, pero nos unió algo fundamental: nos
conocíamos desde pequeñas y nos amábamos desde entonces.
—Este año hace 30 años que nos conocemos
y somos amigas.
—Pues eso hay que celebrarlo.
—Hay que hacer una comida por todo lo
alta
—¿Y si nos vamos juntas unos días?
—Que estupendo, un fin de semana al
campo
—Mejor un viajecito
—¿Donde podemos ir?
—¿Nueva York?
—!De puta madre! ¡Sería estupendo!
—Para eso necesitaríamos una semana, por
lo menos.
—Pues nos pedimos vacaciones y nos
liamos la manta a la cabeza.
—¿Seremos capaces de aguantarnos tanto
tiempo juntas?
—Claro que sí.
—Yo voy a tener que pedir un préstamo.
—Anda, y yo, pero ya lo pagaremos.
Buscaremos algo baratito.
l—¿Quien se encarga de organizarlo?
—Yo me ofrezco. Tengo una amiga que
trabaja en una agencia de viajes.
—¿En qué fecha lo hacemos?
—Comenzamos el curso en octubre,
entonces hará 30 años que estamos la cuatro juntas.
—Pues no se hable más, octubre.
Aprovechamos el puente del Pilar.
El 28 de octubre de 1996
salimos en avión de Sevilla a Madrid y desde allí volamos a Nueva York. Del
otoño cálido de Sevilla llegamos al otoño frio de la Gran Manzana. Los árboles
de la ciudad estaban teñidos de rojos y amarillo y High Park era todo un espectáculo
donde nos divertimos enterrándonos en hojas secas y jugando como niñas.
Paseamos la ciudad, fuimos al puerto de Nueva York, a ver la estatua de la
libertad, a un pub de Jass in vivo. Vimos caer papelillos desde los rascacielos
de Wall Street, subimos al Empire State y la fortuna quiso que coincidiéramos
con Halloween por lo que pasamos una noche loca de disfraces, policías cachas y
Drag Queens. Visitamos museos: el MoMA, el Guggenheim, el Metropolitan; fuimos
a Brooklyn, al barrio de los judíos ortodoxos, a Harlem y escuchamos una misa
Godspell. Total, que no nos perdimos nada. Comimos en restaurantes chinos,
italianos, indios y nos pateamos la ciudad con el plano en la mano, entonces no
había móviles ni Google map. Todo esto con múltiples broncas, ya que cada una quería
ir a un sitio diferente, que se alternaban con risas y abrazos.
El fin de fiesta fue una
visita a las cataratas del rio Niagara. Cogimos un vuelo a Buffalo y un autobús
a Niagara Falls, que es la ciudad junto a las cataratas en el lado
estadounidense. Desde lejos se veía subir una nube de agua pulverizada y se oía
un gran estruendo, lo que les dio el nombre a las cataratas: Niagara, que en iroques significa “aguas que atronan”. Nos
compramos unos chubasqueros transparentes, con el que todas parecíamos Chupa
Chups, y paseamos por el mirador, cruzando por debajo de las cataratas y poniéndonos
como sopa. El camino discurría a gran altura, envuelto en una nube de agua y al
fondo veíamos el rio. Fue muy divertido y emocionante.
En Niagara Falls nos
enteramos que las cataratas de Niagara es un destino típico de las parejas norteamericanas
de recién casados en viaje de luna de miel o de bodas de plata o de oro, los
que aguantan tanto tiempo. Por eso es un recuerdo típico, y totalmente cursi,
solicitar un certificado, que te expiden en la oficina por un módico precio de
varios dólares, que dice que has estado allí en viaje de bodas. Nosotras
decidimos que estábamos en viaje de 30 años de amistad y que queríamos un
certificado, y así lo solicitamos. El encargado se quedó a cuadros. Nunca le habían
pedido un certificado así. Entre su pasmo y nuestro inglés macarrónico nos costó
un rato convencerlo de que nos hiciera el certificado que quedo así: Ana, Carmen,
Reyes y Amparo viajaron a las Cataratas del Niagara en viaje de 30 años de Amistad
el día 2 de noviembre de 1996. Desde entonces han pasado 30 años más y seguimos
siendo amigas del alma, pero este año no vamos a ir a las cataratas.
11 de octubre de 2026
Ya conocía la historia, pero muy bien.
ResponderEliminar¡Ainsssss, Amparo! Me he emocionado (¡qué tonta soy!). ¡Qué maravilla de viaje, cuánto os divertisteis y qué recuerdos! ¡Estoy verde de envidia! Jajajaja
ResponderEliminarEs imposible que las cataratas del Niágara no te vengan a la cabeza cuando se menciona ese tema, y más si has estado allí. Que bien que perdure la amistad, Amparo, y espero que lo celebreis yendo a algún sitio, da igual el que sea.
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