11 – El miedo por Rafael Llamas Cadaval

 

¿Qué es el miedo? Según la IA, es “una emoción básica primaria y de supervivencia que surge ante la recepción de un peligro real o imaginario"

       Si bien esta es una definición hecha por la IA en 2026, la sensación de miedo la hemos sentido y vivido desde nuestra más tierna infancia y de formas muy diferentes.

       Recuerdo cuando tenía 5 o 6 años, que fuimos a ver pasar, una cofradía de Semana Santa, desde los balcones de las oficinas del banco, donde mi padre era el Director. Íbamos todos, animados para ver los pasos de la cofradía. Cuando llegamos a la primera planta de las oficinas, mi padre abrió las puertas de los balcones y nos indicó para que saliéramos. La tata que cuidaba a mis hermanos y a mí, se adelantó y nos invitó a salir con ella al balcón. El balcón era muy estrecho, tan solo entraban cuatro personas en la primera fila, por lo que la tata sacó primero a los niños, en ese lugar preferente. Nada más ver la calle, me agarre a los barrotes del balcón, veía muy por debajo de donde yo estaba a la gente paseando o esperando que pasara el paso y numerosos nazarenos en fila. Empecé a sentir un agobio y angustia, que después me explicaron que a esa sensación se le llamaba vértigo. Me agarré a los barrotes fuertemente, y mi angustia fue aumentando. Tenía la sensación que yo estaba viendo la escena de la calle, desde el cielo, y esa angustia se empezó a convertir en miedo. Empecé a llorar y estaba tan agarrado a los barrotes que a la tata y a mi padre les costó alejarme de la terraza. Desde entonces, incluso de mayor, siempre que he estado en situaciones que he tenido que salir a un balcón, siempre me quedo en segundo plano, porque el pensamiento de caerme o que se desplome todo el balcón, nunca lo he perdido.

 

Desde esa época, siempre he tenido miedo a las alturas, incluso si visitaba a algún amigo o familiar que vivía en un bloque altos de pisos, solía no asomarme a las ventanas.

 

Recuerdo, ya de adolescente, que un día en la Feria de Abril de Sevilla, ligué en una caseta con una chica cordobesa. La relación iba bien, hasta que se le ocurrió ir a la calle del infierno. Mi nueva amiga ilusionada me pidió que nos montáramos en una atracción, que era unas sillas colgadas por cadenas y aquello daba vueltas en todas las direcciones. Por un momento dudé, pero no me atreví a decirle que aquello me daba miedo. Nos montamos y aquello empezó a dar vueltas en círculo, y la verticalidad inicial de nuestras posiciones se convirtió en horizontal y cada vez giraba a más velocidad. Aquello iba teniendo mala pinta para mí. La posición horizontal de toda la rueda, lentamente se iba modificando a la vertical, y lo mismo tocaba el suelo, que acariciaba las nubes. En nuestras vueltas vi la Giralda, la Torre del Oro, la Catedral, La Maestranza, el rio Guadalquivir, el Hospital y no sé, cuantas cosas más de la ciudad de Sevilla. Sentí un miedo atroz y un vértigo indescriptible. Aquel artilugio, poco a poco fue disminuyendo su velocidad y normalizando nuestras posiciones a la verticalidad inicial. Cuando nos alejábamos de la atracción iba con angustia y miedo, por lo que decidí llevar a la chica a su caseta, con la excusa de que no me encontraba bien y allí la dejé. Nunca la volví a ver.

 

Esta sensación de miedo a las alturas, la he tenido siempre. En un viaje con un matrimonio amigo, estando en Suiza, me comentaron de ir a ver el “Cervino”, montaña de los Alpes, en la frontera entre Suiza e Italia. Les dije que sin problema. Subimos en un telecabina, que en un tramo del trayecto ascendía por la vertical de la pared, hacia la cima. Durante el trayecto, observé numerosos escaladores ascendiendo, solo con sus manos. Aquello me empezó a dar angustia y sentí miedo. Cuando llegamos a la cima, nos bajamos, unas 20 personas, algunos portaban grandes mochilas en sus espaldas, se las quitaron y empezaron a extender en el suelo parapentes. Nos acercamos al borde de la cima y había una pronunciada pendiente, que se perdía en el vacío, a la que se iban acercando los mochileros de los parapentes. Yo me acerqué prudentemente, lo más próximo que me atreví, al borde de la cima, pero un miedo atroz, por lo que retrocedí rápidamente.

Los mochileros, prepararon sus parapentes y empezaron a lanzarse al vacío, que hacía que mi angustia fuera aumentado.

Nos llamaron para meternos en el telecabina que nos llevaría hasta el punto más alto del “Cervino”. Las cabinas, las veíamos a distancia como una pequeña mancha negra que estaba en el espacio en medio de la nada, entre donde estábamos y donde teníamos que ir. Dudé si decirles a mis amigos que me quedaba allí, pero yo solo en esas alturas, iba a ser peor.

Íbamos los tres solos en la cabina. Me tranquilicé al ver que el suelo era de madera y lo podía pisar, pero si miraba a mi alrededor, veía el abismo por todos lados. Pero, cosa curiosa, no me angustiaba, mis pies tocaban algo firme. “Iluso”, pensé. Si el suelo hubiese sido de un material transparente, estaría totalmente acojonado.

Cuando llegamos a la parte más alta y nos bajamos, nos indicaron que subiéramos al mirador, por una escalera de piedra de una anchura de unos 20 metros. Mis amigos se adelantaron y yo les dije que ya subiría después. Lo hice cuando estaban tods arriba, y no subía ni bajaba nadie. Fue entonces cuando me atreví a subir lentamente por el centro de la escalera, hasta que alcancé la cima. He de reconocer que la vista era excepcional, pero yo lo veía todo desde el centro del mirador, sin atreverme a acercar al borde, porque el miedo que sentía en ese momento era muy superior a poder disfrutar de la vista que hubiera podido apreciar.

Visité hace unos años Teotihuacán y subí hasta lo más alto de la pirámide del Sol. Lo hice sin mirar atrás. Solo miraba los estrechos peldaños que tenía que subir y lo que me faltaba para llegar a la cima. Cuando llegué, vi lo impresionante que eran las vistas desde esa posición, pero llego el momento de bajar, el vértigo y el miedo se apoderaron de mí. Iba solo, así es que me arme de valor para bajar. Con unos peldaños tan pequeños decidí bajar sentado. En una zona de la bajada se me acercó un sanitario para saber si estaba bien, le dije que sí, pero con vergüenza por bajar sentado. Él me dijo “mire hacia atrás” y observé que unas veinte o treinta personas, estaban bajando como yo. Aquello me tranquilizó y pude bajar más tranquilo, no estaba haciendo el ridículo.

 

Recuerdo otro viaje con un grupo de amigos a Madeira. Uno de los días se decidió subir al punto más alto de la isla. Cuando estábamos arriba, donde había un parador, nos aconsejaron ir a un punto más alto, para ver la isla y sus alrededores. Para llegar allí, había que ir andando, por una cresta de la montaña que tenía unos 60 centímetro de anchura, con precipicios a un lado y al otro, Evidentemente en este caso me negué. Me quedé en una tumbona de la terraza del bar, donde disfruté de la vista que tenía y de una bebida refrescante. Cuando volvieron, una de mis amigas me dijo:

—Que bien que no has venido, incluso yo he pasado miedo. Tú, te hubieran sentado en la cresta con una pierna a un lado y otro, y hubieras pedido que te sacaran de allí.

Está claro que, desde entonces, he evitado las alturas, todo lo que me da vértigo, que me dé miedo.

 

He montado en helicópteros y avionetas, como cuando lo hice en Nazca (Perú), para ver las pistas y los dibujos que hay en el desierto. En este caso creo fue superior mi interés en ver estos dibujos que el miedo que hubiera podido desarrollar.

 

No me dan miedo las noches de Hallowenn, determinas películas, ni los callejones oscuros…, aunque tengo que reconocer, que la sensación de miedo la he vuelto a sentir en los últimos tiempos.

       Estoy empezando a sentir miedo por la situación político-social del país. He vivido en este país, nuestra España, que pasamos una transición ejemplar, con responsabilidad y orgullo. Hemos vivo 40 años de paz, tranquilidad y prosperidad, en los que se podía hablar de todo y políticamente podías pensar diferente de tu hermano, tu amigo, tu vecino o cualquier persona. Pero, hemos llegado a una situación, donde con las personas más allegadas no puedes hablar de la situación actual del país, porque las reacciones pueden ser muy distintas e incluso violentas. Tengo miedo cuando veo las manifestaciones, protestas, y concentraciones actuales que acaban con violencias, robos y destrozos de mobiliario y establecimientos y si tienes mala suerte, de tu coche. Este es un miedo especial, que no lo había sentido antes, del que no puedo desprenderme, porque no depende de mi.

       También tengo que reconocer que últimamente he vuelto a sentir otro tipo de miedo. Tengo miedo a estar solo. Veo que los familiares, amigos y conocidos se distancian o mueren. Desde que me dieron las tres paradas cardiacas, que sucedieron cuando estaba con personas muy queridas, tengo miedo a estar solo, Soy consciente que con el marcapaso parece estar asegurado el corazón físico, pero en mi otro corazón, el de mis sentimientos, desean tener siempre a alguien cerca. Ahora, cuando me voy al estudio a pintar, donde me encuentro en estos momentos escribiendo estas líneas, tengo miedo a estar solo, porque aquí me paso horas, que me sirven de relax y me olvido de todo, pero soy consciente que en cualquier momento me puede pasar algo. Cuando salgo de casa, con frecuencia, suelo decirle a mi pareja lo que siento, por si son las últimas palabras que le pueda decir. No tengo miedo a la muerte, pero si a la forma de morir.

Comentarios

  1. Querido Rafael, me gusta leerte, conocerte, comprenderte. Has hecho un recorrido que he visualizado y me ha gustado mucho. Cada día te superas.

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  2. ¡Cuantos miedos! leeros me ha hecho pensar ¿A que le tengo miedo yo?

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  3. Que bien explicado el miedo a las alturas...Y el otro, el de la politica actual, el de la soledad, el de la forma de morir... Es la deuda que pagas por ser una persona decente; el no poder entender lo que es incomprensible.

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