11 – El miedo por Beatriz Salas Escarpa
—¿Os dan miedo las películas de terror? —preguntó Lucas, novio y compañero de Paula, cuando apareció con una cinta del videoclub de la esquina.
—A mí no. Yo no tengo miedo a nada —respondió Paula sin levantar la vista, concentrada en el cuello de la camisa que estaba planchando.
—Pues a mí me encantan esas pelis.
Isabel, la prima de Paula, había venido desde Suiza unos días de visita y se había integrado con ellos de maravilla.
—Por mí, poned lo que queráis —afirmó Paula.
—No había mucha opción —les explicó Lucas mientras metía la cinta en el vídeo—. Desde que llegó tu prima, no hemos parado de ver películas, y no encontré nada mejor. —Tenía una expresión entre pícara y osada, consciente de que aquel Viernes 13 las sorprendería—. ¿Sabéis lo que significa el título?
Isabel asintió.
—Ni idea —respondió Paula.
—Es el peor de los días. Si coincide el viernes con un día 13 del mes, es señal de mala suerte.
—No, ¡eso es el martes 13, Lucas! —contestó Paula, cargada de razón, mientras seguía dale que te dale intentando quitar una arruga a la camisa de Lucas.
—Eso es aquí en España, pero en muchos otros países es el viernes 13. Vosotros siempre diferentes.
—No te metas… que nos conocemos. Anda, dale al play.
Ninguno recuerda en qué momento Paula empezó a gritar asustada en una escena inesperada y se sentó encogida, agarrada a Lucas, como si el asesino fuera a matarla ahí mismo. Pasó tanto miedo que nunca más volvió a ver una película de terror. Se negaba cada vez que alguien lo proponía.
Curiosamente, aparte de rechazar de plano las películas de terror, la idea de que no le tenía miedo a nada siguió a su lado durante mucho tiempo. Era atrevida, arriesgada y casi siempre estaba convencida de que nada malo podría pasarle. La suerte parecía su mejor compañera de viaje y la seguridad fue afianzándose.
Había pasado muchos años, y sus decisiones la habían situado en un pedestal. Ahora dirigía su vida con total despreocupación.
Por entonces, a propuesta de la directora de un programa de radio por internet, aceptó colaborar como locutora. El invento consistía en aprovechar las nuevas tecnologías para unir la radio con un chat: locutoras y oyentes de cualquier parte del mundo se reunían y conversaban mientras se emitían los programas.
En su espacio, tras un primer momento de solo música y comentarios entre ella y las oyentes que escribían peticiones de canciones, empezó a leer cuentos y todo lo que consideraba atractivo para distraer a las demás. Sus seguidoras aumentaron a medida que progresaba en sus intervenciones diarias. Con cada lectura y su consiguiente comentario, las oyentes la colmaban de alabanzas y pedían: «Otro, otro», y ella disfrutaba como no recordaba haberlo hecho nunca. Se sentía querida. ¡Era increíble!
Así fue como se convirtió en la reina del corral, donde casi todas la admiraban.
Pero en todo corral acaba habiendo picotazos. Y un día, después de casi un año de mucho éxito, todo explotó.
Paula ya no sabría decir qué palabras de la directora le dolieron más. Algo relacionado con que le había cedido su horario, y que por eso había perdido su espacio, cuando la idea había sido suya, no de Paula. Y luego estaba su tono, duro, casi agresivo, al corregirla. Dolida, casi llorando, Paula saltó sin tiempo para pensar: escribió escuetamente que se iba, que no volvería a locutar, y sin darle tiempo a contestar, apretó el botón de salida. Por dentro estalló la frustración: era incapaz de aceptar que la trataran mal.
Cuando las demás compañeras lo supieron, fueron dando su renuncia en cadena. Medio elenco la siguió. Una de ellas sugirió hacer una nueva radio y se reunieron unas cuantas. Al no haber una dirección clara, los desacuerdos fueron aumentando y nada parecía fácil. Paula se apartó. No era lo que quería. Su idea de emitir tranquila y sin problemas se alejaba con cada nuevo roce. Que se desmarcara del nuevo proyecto causó otro revuelo y muchas habladurías en su contra. Las relaciones con el grupo de amigas empezaron a fallar.
Aun así, un pequeño núcleo duro del anterior proyecto seguía apoyándola, porque no querían prescindir de su trabajo. La tercera opción de radio sí se llevó a término, pero Paula ya no era la misma. Actuó a desgana, habló de más, protestó sin aceptar casi ninguna sugerencia y las tensiones se dispararon. Las integrantes estaban cada día más enfrentadas con ella. Aquello, claramente, no tenía por dónde cogerse.
Y volvió a abandonar, descolocada y triste. Con toda esa cadena de situaciones, se fue instalando un miedo progresivo, porque nunca hasta entonces la habían herido de tal manera, o al menos no había sido consciente.
También se desahogaba, claro, pero lo que contaba llegaba deformado, y acababan poniendo en su boca cosas que nunca había dicho. Las críticas por ambas partes no parecían tener fin. Y ella, la más naíf del mundo, sin saber de qué iba todo, se enteraba de casualidad por alguna que se «chivaba».
A raíz de eso, su vida no volvió a ser la misma, porque en las siguientes relaciones se repitieron algunos patrones, y cada vez se hacía más pequeña. Empezó a temer hacer nuevas amistades, a pensar que si hablaba de más —siempre lo hacía—, sería criticada y cuestionada. Acabó escondiéndose en su casa para sentirse a salvo. No tenía miedo a las cosas, ni a los peligros, ni a las enfermedades. Tenía miedo al qué dirán, a las mentiras que no podía controlar, a fallar, a que la juzgaran, a no ser aceptada. A las personas.
Aquella noche de Viernes 13 había sido solo el primer aviso. Entonces descubrió que también podía sentir miedo.
Muchos años después, los demás le enseñaron cuánto podía llegar a temer.
Bonita historia bien contada.
ResponderEliminarCon ganas de seguir leyendo!
ResponderEliminarMe ha gustado, un tipo de miedo diferente. hay que darle un repaso.
ResponderEliminarCon tus historias siempre es lo mismo, Beatriz; dan para mucho más... Me encanta la reflexión final.
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