10 - La buena suerte, por Amparo Jiménez Planas

 Era una bonita mañana de sábado de primavera y Pepe se levantó con ganas de pasear. Contempló su magnífica casa en la mejor zona residencial de la ciudad y recordó cómo empezó todo: aquel día que le tocó la lotería. Evocó la emoción que lo embargó cuando miró el número y se dio cuenta de que coincidía completamente con el que él llevaba. ¡Por fin la buena suerte! Llamó a su mujer, lo gritó en la obra y todo eran saltos, risas y alegría. ¡Qué buena suerte! Los compañeros de trabajo, la familia, los múltiples amigos, los vecinos, todos se congratularon con él. De eso habían pasado ya tres años y lo recordaba como si hubiera sido un sueño.

Decidió salir a pasear y pensó “¿A dónde voy? Por esta urbanización no conozco a nadie. Paseo cruzándome con desconocidos o con conocidos que, como mucho, me hacen un gesto de reconocimiento mirándome por encima del hombro. No pertenezco a su grupo social, soy un nuevo rico, un cateto, me desprecian”. Y de pronto se le ocurrió “¿Y si voy al barrio? Por allí puedo pasear encontrándome en mi ambiente, con mis vecinos, mis amigos, mi vida”. Y así lo hizo, cogió el coche y se fue a su barrio, aparcó y comenzó a pasear. Se sentía bien en su entorno, conocía las calles, las tiendas, todos sus rincones y todas las caras con las que se cruzaba eran conocidas y le sonreían.

—Hombre Antonio cuánto tiempo sin verte. Qué alegría me das.

—Hola Pepe— contestó Antonio sin mucha emoción.

—¿Qué te pasa te veo cabizbajo?

—Pues sí y en el fondo gracias a ti.

—Gracias a mí ¿por qué?

—Cuando te tocó la lotería te pedí que participaras conmigo en un negocio y como eres un rácano, me diste solamente la mitad de lo que me hacía falta. Abri el negocio, pero tuve que pedir prestado al banco y, como la cosa no fue muy bien al principio, los intereses se fueron comiendo las ganancias y al final tuve que cerrar.

—Vaya lo siento mucho no lo sabía.

—Es que eres un cabrón y un miserable que vives como un príncipe y no te acuerdas de tus amigos.

—¿Pero si te di el dinero?

—Sí pero no fue suficiente

—Y te he llamado un montón de veces, pero no me contestas.

—Paso de ti tío—. Pepe quedó compungido y desconcertado. Recordó que cuando le tocó la lotería todo el mundo le pedía dinero y, claro, no podía contentarlos a todos.

Siguió caminando y recordó a su hijo Andi. Cuando le tocó la lotería, Andi tenía veinte años y estaba trabajando en un taller de motos. Lo primero que hizo fue dejar el trabajo y pedirle dinero para montar un negocio. Como no entendía nada de ese negocio, le fue mal y decidió hacer un viaje para pensar qué hacía con su vida. Llevaba seis meses que no sabía nada de él, solo de vez en cuando le llamaba para que le hiciera una transferencia. Sentía que había perdido a su hijo. Concadenando ideas se acordó de Cheli, su hija, que era una belleza. Al subir de nivel económico conoció a un chico de la alta sociedad madrileña con el que llevaba un año viviendo. Seguramente se avergonzaba de ellos ya que al principio se los presentó y nunca más ha vuelto a llevarlo a casa. Y claro, tan poco había vuelto ella. Por eso habían decidido irse del barrio y mudarse a un chalet residencial, pero no había servido de nada.

Siguió paseando y se encontró con una amiga de su mujer, la Charo.

—Hola Charo, ¿qué tal estás?

—Pues aquí harta de trabajar, no como ustedes que estáis hecho unos marqueses.

—Bueno mujer, no te pongas así.

—Como no me voy a poner, si os pedí dinero para pagar mi crédito y no me disteis ni un duro.

—Es que ya casi no nos quedaba dinero, Charo. Con los gastos que tenemos ahora entre la casa y los niños hay que mirar mucho el dinero.

—Sí egoístas hasta el final, todo para ustedes.

Pepe siguió su paseo con muy mal sabor de boca. Recordó a Manoli, su mujer. Antes era una mujer alegre, feliz con lo poco que tenía, cariñosa y simpática. Ahora la había dado por ir de compras y el problema era que no tenía con quien lucir los modelitos que tan bien le sentaban. Las amigas de antes no podían seguir su ritmo y las que podían seguir su ritmo no eran amigas suyas y la despreciaban. En vista de lo cual comenzó a animarse con una copita un día, dos copitas otro, hasta llegar al punto de que Manoli bebía más de la cuenta. “Y hablando de bebidas” pensó, “me voy al Bar de Manolo a tomarme una cervecita, allí siempre conozco a gente”. La llegada al bar fue apoteósica, todo el mundo lo saludó:

—¡Aquí está la afortunado!

—¡Qué buena suerte tuviste!

—Nos invitarás una ronda a todos ¿no?

—Unos tantos y otros tampoco.

Después de varias rondas, que por supuesto pagó él, se fue con una sensación agridulce: alegría por haber estado con su gente y decepción por sentir que inspiraba más envidia que simpatía. Pero no podía quejarse, había tenido muy buena suerte y le había tocado la lotería.

 

Comentarios

  1. Me ha gustado. REpasalo hay que hacer algunas correcciones-.

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  2. Ufff Amparo, has sabido reflejar perfectamente la des ubicación de cuando no estás en tus raíces. Yo entiendo mucho de eso. Me ha gustado mucho. Aún se podría ampliar ;)

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  3. La historia es genial, y penosamente real. La envidia es el deporte nacional y, el clasismo, es también muy de aquí... Me gusta como eres capaz de despachar el planteamiento, nudo y desenlace en un espacio muy pequeño, que no es fácil. Por otra parte, estoy de acuerdo con Rafael en las correcciones.

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