10- La buena suerte por Isabel Villanueva.

 

Mano de Piedra.


Esto que voy a narrar es un hecho real, diría que vinculado a la casualidad sino fuese porqué, con el paso del tiempo y el efecto que ha tenido en mi, creo que ha intervenido más la buena suerte. Es una historia sencilla, nada pretenciosa, de como he creado un vínculo con un deporte con el que nunca jamás pensé que fuera a relacionarme.


Hace algo más de dos años, andaba agobiada con mi físico. Las lorzas habían crecido más de lo recomendable, me sentía pesada, la ropa no me sentaba bien, parecía mayor de lo que era… Y no es que fuera una niña, que había cumplido cincuenta y seis castañas, pero ni mi imagen ni mi carácter se asimilaban al de una mujer de mi edad. Siempre, siempre, fui deportista; iba con mi bicicleta a todos lados, metiéndome por carreteras y haciendo miles de kilómetros, tanto para estudiar, como para trabajar e incluso salir… Hasta a la Feria de abril iba en mi montura, y eso que el barrio donde vivía estaba en el extra radio de Sevilla capital y, para llegar, tenía que meterme por una autovía de cuatro carriles. Pues allí iba yo, y me volvía con el pelo remetido en la cazadora para, al menos, parecer un hombre y evitar más riesgos innecesarios. Eso fue así durante años. Incluso cuando me cambié de domicilio, no dejé el hábito. De hecho, ese factor fue importante en la elección de la nueva residencia.

    Pero los años pasaron, el cuerpo cambió, la edad requería más atención y tiempo a la hora de hacer deporte, y las obligaciones me comieron. Profesionales, personales, de toda índole. La semana pasaba sin un minuto libre y, el fin de semana, lo aprovechaba para hacer todo lo demás. Trasladarme en bici dejó de ser una posibilidad; me ocupaba demasiado tiempo, además de que siempre tenia que ir a mil sitios. Para compensarlo, me acostumbré a andar, me empeñé en verlo como un deporte, pero quita… No lo es. Muy sano, muy agradable, muy relajante, pero no es un deporte, y a mi cuerpo se le quedaba pequeño; precisaba hacer muchos kilómetros para cansarme y notar sus efectos, y volvíamos al mismo problema; la escasez de tiempo. Además, en un viaje noté como me crujía la rodilla, comencé a sufrir de fascitis plantar,… Me iba desmoronando como un castillo de naipes, me sentía oxidada, mal,… Y odiaba admitir que me había convertido en una persona sedentaria, aunque apenas me sentase.


Un día decidí coger el toro por los cuernos y me puse a buscar opciones, aunque tenía un serio hándicap; odiaba los gimnasios. Ponerme delante de una máquina ante un escaparate, con música a toda leche y rodeada de gente, no era precisamente una panacea para mí. Yo, que siempre había hecho y disfrutado del deporte en solitario. Pero entonces… ¿Qué? Porqué correr ni de coña; ni me gustaba ni lo veía beneficioso, menos con el estado de mi rodilla, que confirmaron tenía el menisco roto. ¿Nadar? Lo odiaba… Aparte de que me agobiaba el tener que controlar la respiración, ya tenía bastante espalda como para ensancharla más y el pelo iba a ser un problema, porqué mi abundante y larga cabellera no había gorro que la tapase. Entonces… ¿Qué? Las opciones se me acababan, y estaba harta de perderme cada día más en mi decadencia física.

    La solución vino de la forma más inesperada. Una noche de finales de verano, fuimos mi marido, su hermano y yo a un concierto que aglutinaba “lo mejor” de la música de los noventa, y que resultó ser una mamarrachada con gente disfrazada, tres escenarios que se pisaban entre sí y una oferta absolutamente prescindible hasta que saliesen los grupos interesantes, previstos, como no, para las tantas de la noche. No lo pensamos y, a la media hora, nos fuimos de allí a cenar algo en un local agradable de Triana, uno de los barrios sevillanos por antonomasia. Tras una agradable velada y un excelente picoteo, mientras volvíamos al coche, le expuse a mi cuñado el problema… El de querer hacer deporte, pero no encontrar opciones para hacerlo, y entonces me dijo:

    —¿Has pensado en hacer boxeo?

    —¿Boxeo? —repliqué, parándome en seco, no entendiendo nada, pero sin ver absurda la opción.

    —Sí… Hay varias escuelas en Sevilla, y cada vez lo practican más mujeres. Tú eres fuerte y estás acostumbrada al ejercicio… Te puede venir muy bien. Además, que es de alto impacto y te requerirá dedicarle menos tiempo que a la bici, por ejemplo. Mira a ver si hay alguna cerca de tu casa. Por probar...

    —Por probar… —repetí, viendo una ventana abierta, por fin.


Sin prisa, comentándolo así como de tapadillo con allegados, busqué por la zona en la que vivo algún sitio, desechando todo lo que viniera en inglés o no me recordase más que de forma tangencial, el deporte cuyas reglas estableciese el marqués de Queensberry, dato con el que empezaba, y acababan, mis conocimientos sobre el citado deporte. Ni Kirkboxing, ni Muay Thai, ni Full Contact ni nada que no fuera en español. Entonces localicé un sitio: “Escuela de boxeo Mano de Piedra”, en un pueblo cerca de donde vivía. Googlee y vi que era el nombre de un boxeador argentino. Bien. Por ahí íbamos bien. Busqué un teléfono de contacto pero no lo vi, así que escribí un correo-e pidiéndo información, ya que lo que ponía en la Web, suponía que muy clara para alguien con conocimientos sobre la materia, a mi me sonaba a chino. Pero pasaron unos días y no recibí respuesta. Estuve a punto de tirar la toalla, mira que símil más bien traído, pero no soy de arrugarme con facilidad, así que me puse a mirar otras opciones... Aunque siempre volvía al punto de partida; me gustaba esa escuela, porqué así se llamaba, escuela, y me gustaba el nombre. Le di varias vueltas más hasta que, por fin, encontré un teléfono y llamé. Se puso un amable joven que me pasó con Saúl, el encargado, que se disculpó por no haber respondido al correo-e cuando se lo mencioné, y al que conté mi casuística que, ahora que lo pienso, tuvo que sonar desesperada:

    —Verás, Saúl, la historia es que tengo cincuenta y seis años, no he practicado boxeo en mi vida, estoy pasada de peso y baja de forma, y necesito desconectar y relajar la mente como el comer.

    —¿Y?—contestó el encargado, con naturalidad.

    No supe que responder.

    — Bien… ¿Me acerco a comienzos de mes entonces?

    —¿Por? ¿Qué tienes que hacer el lunes próximo?

    Era jueves, mediados de mes, lo veía muy precipitado.

    —Pues… —buscaba una objeción, pero lo cierto es que no la tenía, más allá del temor al ridículo en sí.

    —Entonces te espero a las seis. Ya verás, te va a encantar el ambiente; nos hemos quitado de en medio a todos los indeseables—matizó, supongo que queriendo tranquilizar a la señora madurita, bien hablada y posiblemente harta de todo con la que hablaba—. Tráete ropa deportiva, agua y una toalla, que vas a sudar lo más grande.

    Alea iacta est.


La tarde de autos me disfracé con unas mallas (odiaba esa prenda que no creía que le sentase bien a nadie), una camiseta deportiva rosa fosforito que me marcaba todos los michelines y unos botines que me solía poner para ir a andar, de buena marca, pero que no me gustaban por tener la suela demasiado fina; eso sí, los vivos los tenía también en rosa, por lo que al menos iba conjuntada. Me sentía ridícula.

    Salí con tiempo, cogí el coche, puse el buscador y, tras dar varias vueltas sin encontrar mi objetivo, me di cuenta de que la escuela estaba más escondida que el poblado de los pitufos. Me acercaba pero no llegaba, por lo que, pensando que era decisión del destino no ir, que locura, me dije: “una vuelta más y, sino la encuentro, me vuelvo a casa”. El reloj marcaba algo más de las seis, que era cuando me habían citado; llevaba casi una hora dando vueltas.

    De pronto, en una urbanización de casas que había rodeado ya un par de veces, la vi, justo delante de mis narices; una vivienda de una planta, con un discreto rótulo que anunciaba lo que era. Me recordó a las escuelas de boxeo de las películas; pequeña, sencilla, sin pretensiones, escaparates ni nombres extranjeros. Aparqué, me bajé del coche y me asomé a una puerta, preguntando a un chico con el pelo largo por el encargado. Me indicó, amablemente (allí todos eran amables, por lo visto), otra puerta un poco más adelantada, por donde entré con más vergüenza que otra cosa; había un mostrador y un hombre de mediana edad, fuerte y tatuado, detrás. La música sonaba a todo volumen, en un espacio lleno de sacos de boxeo y de gente.

    —Buenas tardes…¿Saúl? Soy Raquel. Hablé contigo el jueves…

    Me sonrió y no me dejó continuar. Señalando a un grupo de personas que seguían las indicaciones de un monitor, me dijo:

    —Hola, Raquel. Ponte con ellos.

     Y eso hice… Me inserté entre la gente. Estaban calentando. Hice lo que pude, deseando al momento salir de allí, más cuando se pusieron en fila a hacer ejercicios en una especie de rayuela pintada en el suelo. Todos eran más jóvenes que yo, todos estaban fuertes, todos eran hombres salvó una única mujer que tenía unos músculos impresionantes. Quise huir. Pero, cuando más ridícula me veía, con mi aspecto, con mi edad, con el pelo recogido en una vulgar coleta que acentuaba mi papada y viendo las contorsiones, auténticos algoritmos para mi, que realizaban los demás, la mujer fuerte, que me sonrió desde que me vio aparecer por allí, me agarro y, tras presentarse (se llamaba Geno), me puso a su lado para que viese como se hacían los ejercicios; el monitor igualmente paraba la clase para que cogiese los movimientos; los compañeros, amables (sí, definitivamente todo el mundo lo era allí), sonrientes, me animaban, sin darle importancia a los múltiples fallos que cometía ni a mis movimientos de elefanta; “así hemos empezado todos”, decían,… Entonces me sentí en casa. Gorda, sí. Con mallas, sí. Mayor, sí. Torpe, sí. Pero bien acogida, cariñosamente acogida y totalmente arropada. Entre tanto músculo. No me lo podía creer.

    Cuando terminó la clase, que resistí entera para mi sorpresa y la del monitor, y en la que, efectivamente, sudé como nunca en mi vida, me acerqué a Saúl y le dije:

    —Quiero apuntarme. Dame el material que sea preciso; me lo llevo puesto.

    Y salí de allí tan contenta, con mis guantes, vendas y comba. Ahora sí que sí.


Eso fue hace más de dos años. Desde entonces hasta ahora, no he vuelto a llevar mallas a la escuela, sino pantalones cortos anchos, como está mandado, ni blusas rosas, sino de tonos discretos o con dibujos cañeros que hacen alusión al deporte que practico. Me sigo recogiendo el pelo, eso sí (a ver que remedio) pero me pinto los labios de rojo, como los he llevado cada día de mi vida desde los quince años (¿por qué no?) y, lo más importante, me he puesto las pilas; he aprendido a darle al saco, a pelear con sparring y a hacer los ejercicios, no importa su dificultad, además de hacerme mi huequito entre los compañeros, que me ven como una más y valoran el esfuerzo que hago. Hasta me he acostumbrado a esa forma de saludar, con un abrazo cariñoso y sudoroso, o chocando las manos. Y, físicamente, el cambio ha sido total; vuelvo a estar fuerte, concentrada y hasta más musculosa, eso por no hablar de que tengo la agilidad que nunca tuve (todavía me asombro cuando realizo flexiones para calentar). En suma, me siento genial en mi pellejo que, al fin y al cabo, es a lo que aspiraba, no a desfilar en Victoria Secret.

    Con respecto al coco, me siento más tranquila, apaciguada y relajada, y es que no hay nada como darle puñetazos a un saco cuando estás estresado.

    Os recomiendo que lo probéis.


Comentarios

  1. Mi querida Isabel, bien por ti, por tu insistencia, perseverancia, ilusión y un largo etcétera. Ah! Y por los puntos y seguido; una verdadera delicia. Me ha encantado y te he admirado. Con ese ambiente, no me extraña tu dedicación y disfrute. A por mucho más, sin miedo.

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  2. Pues si, tuviste suerte al encontrar el regalo que la vida te tenía preparado. !A disfrutar!
    Me has tenido en ascuas...

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  3. Sí sale, Rafael... Vuelve a ponerlo, por favor, que quiero leer tu comentario.

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