7 – La casualidad por Beatriz Salas Escarpa



Fue una decisión totalmente imprevista. Mi amiga Ana dejaba su casa por unos meses y me la ofreció para que cambiara de aires: «Hija, ahora que estás jubilada, bien podrías aprovechar». Al parecer, la frase me impactó, porque a la mañana siguiente, con lo justo, me puse en marcha. Tenía por delante casi siete horas al volante, así que en la primera gasolinera aproveché para buscar alguna charla online lo bastante larga para acompañarme durante un buen rato.

Enseguida elegí un perfil casi al azar y no me equivoqué: se llamaba Vico. Casualmente era el vídeo de su presentación y me ganó de inmediato. Era sevillano, filósofo y residía en Ciudad de México, donde daba clases de Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). «Todo un cargo para ser tan joven», pensé.

Su cercana manera de transmitir me cautivó y busqué todo lo que había de él en las redes sociales. Y ahí estaba, con su trayectoria, sus éxitos... Me animé y le escribí. Fue emocionante ver que me había contestado, con tanta amabilidad. Estaba contenta.


Antes de seguir, quiero hacer un inciso. Con Vico se abrió la misma puerta que ya se había abierto con Merlí, aquella serie con la que, por casualidad, me encontraba alguna vez, sobre un profesor de instituto que daba clases de filosofía a alumnos de bachillerato en Cataluña. Lo que decía me resultaba tan apasionante que empecé a preguntarme por qué nunca antes había coincidido con la filosofía. Sonaba tan lejana, tan desconocida, y, sin embargo, escucharlos razonar era tan natural que me pegaba a cada frase como si la vida me fuera en ello. Definitivamente, la filosofía me había atrapado.

Y me creó tal necesidad de seguir escuchando que me propuse volver a la universidad, a estudiar con profesores de Filosofía. Estuve matriculada unos meses y, después, sin ganas de examinarme ni de memorizar tanta materia, empecé a ir de oyente a la Facultad de Filosofía de Sevilla, adonde había regresado.

Tengo que aclarar que no resultaba nada fácil. Y eso que era primero de grado. Pero como llegué sin ninguna referencia, entendía muy poco. Los vídeos de Vico se fueron alternando con otros de filosofía para principiantes, y así pude ir abriéndome camino.

En mi primer año en las aulas, elegí a dos o tres profesores que eran los más cercanos y comprensibles. Sobre todo uno, Nolo. No era muy mayor; rondaría los cuarenta. Tenía una barba espesa y estilo roquero. 


A mediados de curso, en una de las clases de Nolo, hizo su entrada en el aula alguien a quien presentó como su amigo: Vico. ¿Cómo? ¿Vico? No daba crédito. ¿Ese era «mi Vico»? Mi cabeza iba a cien por hora. «Claro, sevillano, de la Facultad de Filosofía y de la misma edad», pensaba, colocando las piezas. Me levanté como si un fuerte imán me llevara en volandas, me acerqué a saludarle y aproveché para mirarle de cerca. Durante todo ese tiempo había seguido buscando sus charlas; algunas las había escuchado incluso varias veces. Solía acompañarme en muchas de mis caminatas desde mi casa a la facultad y ahora estaba ahí.

Fue algo breve. «Solo pasaba a saludar; no quiero interrumpir», dijo, y se despidió.

Una hora después, terminaron las clases de ese día y tuve que ir a la fotocopiadora. No solía ir nunca, la verdad, pero allí estaba yo cuando entraron los dos profesores y se pusieron a mi lado: Vico y Nolo.

Por supuesto —yo es que soy así—, volví a hablar con Vico y le pregunté si había alguna charla o reunión donde pudiera escucharle. Me contestó que justamente al día siguiente, en las escaleras del patio interior de la facultad, se reuniría con quienes quisieran hablar con él, al terminar las clases a la una.

Esa noche no sé ni cómo pude dormir. Me pasé la mañana esperando esa hora. Solo pensaba en que volvería a verle y a escucharle, esta vez a su lado, en directo. ¡Increíble! Creo que fui la primera en llegar.

Se lo había comentado a mis compañeros, pero tenían clase de recuperación con otro profesor, no conocían a Vico y no pusieron ningún interés. No fuimos muchos: algunos colegas que le apreciaban, algún alumno de cursos superiores e incluso alguno de sus profesores; unas doce personas.

Pasé dos horas embobada mientras contestaba a nuestras preguntas, hablaba de sus experiencias en México y de su intención de volver a España. Al terminar, nos hicimos una foto de recuerdo los que habíamos acudido a la cita y nos dispersamos. Estuve varios días rememorando la reunión. ¡Qué suerte había tenido!


Por otro lado, a mi interés por la filosofía se sumaban mis ganas de escribir. Había empezado hacía un par de años a recopilar diarios y a ampliar recuerdos y me había propuesto hacer un libro de todo ello. Cuando lo comenté en el club de lectura de la urbanización, la organizadora me recomendó unas clases de escritura creativa que estaban a punto de empezar en la Facultad de Ciencias de la Educación, con el profesor José Carlos Carmona. Sin dudarlo, me inscribí.

Mi nuevo profesor era doctor en Filosofía y tenía una facilidad extraordinaria para la palabra. A veces se apartaba de la materia y nos regalaba alguna pequeña reflexión; a mí me encantaban aquellos paréntesis. Le admiraba mucho y quería seguir escuchando sus ideas y sus consejos para mejorar mi escritura. Tanto, que acabé repitiendo aquel mismo curso cuatro veces. 

Cierta tarde, charlando con él, le hablé de Vico. Me sorprendió que dijera que le conocía perfectamente; había sido su profesor. Entonces, le hablé de aquella inesperada reunión del año anterior y llegamos a la conclusión de que él había sido uno de los profesores que acudieron.

Al llegar a casa busqué la foto para comprobarlo. Y allí estaba. Ni me había fijado en los demás asistentes; aquel mediodía solo tuve ojos para mi ídolo. Habíamos estado los dos en la misma reunión sin conocernos ni reparar el uno en el otro.

Tuve otra ocasión de compartir una charla con Vico cuando presentó su libro Ética para desconfiados, en la nueva sede de la escuela de hostelería de Sevilla, en las instalaciones de Alabardero River Club. Llegué pronto con una amiga y, como éramos las primeras, pudimos hablar unos minutos con él antes de que llegara el resto de los invitados. ¡Cuál no sería mi sorpresa al ver entre el público a mi profesor! 

Y en la presentación del curso académico, presidida por la decana de la facultad,  una de mis profesoras favoritas, también estaba él. Y si me pongo a buscar, aún encontraría otras ocasiones en las que coincidimos en algún acto. ¿Eran casualidades o simplemente nos movíamos por los mismos círculos?


Y yo me pregunto: ¿cómo es posible? ¿Qué tipo de universo se configura para que una decisión lleve a otra y, casi sin darme cuenta, termine encontrando conexiones donde nunca habría imaginado que existían?

¿Casualidad? No lo sé. Siempre digo que la suerte vuela y hay que estar saltando continuamente para cogerla. Quizá con las casualidades ocurra algo parecido. Porque, si no me hubiera movido, ¿habrían sucedido?








Comentarios

  1. Bien, Beatriz, me encanta. Con el inciso me lio un poco en el tiempo, me voy aclarando a medida que leo.

    ResponderEliminar
  2. Una nunca sabe cuánto de ficción y de realidad hay en lo que escribes, pero el resultado es fino y elegante. Puro Beatriz.

    ResponderEliminar
  3. Según os voy conociendo, cada vez, sacáis más cosas de vuestro interior.me encanta.😘😘😘😘

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

1 - LA CITA por Isabel Villanueva

1 - LAS GAFAS DE FERMÍN por Beatriz Salas Escarpa

10- La buena suerte por Isabel Villanueva.