7- Con noticias de Gurb por Isabel Villanueva
No voy decir que la novela “Sin noticias de Gurb”, de Eduardo Mendoza, sea mi libro favorito. Me lo leí cuando era una jovencita, aprovechando el encargo de comprarlo para su hijo que me hizo una vecina. “Es la lectura que le han mandado en el colegio”, me dijo y, sabiendo que yo era una asidua lectora, decidió no complicarse la vida y encargarme a mi su compra. Como la hice por la tarde, me llamó la atención su argumento (un extraterrestre que adopta la presencia de Marta Sánchez para pasar desapercibido… ¿Qué locura es esa?) y nunca había leído nada de ese autor, decidí ponerme con él, si me daba tiempo, en la cama, por la noche, en mi horario habitual de entrega a esos menesteres. Me recuerdo en mi habitación de soltera, con sus peluches y sus cortinas rosas, y la luz de la lamparita de noche encendida (con la puerta cerrada, para que mi madre no se pusiera a gritarme que la apagara, que no eran horas; sabía que era una batalla perdida, pero insistía) entregándome a las locuras de ese marciano y de las auténticas genialidades que decía como: “Todas las calaveras tienen una cara de risa que no viene a cuento” o “no hay en toda la Tierra gente más aficionada al trabajo que los catalanes. Si supieran hacer algo, se harían los amos del mundo” que, como barcelonesa, me hacía soltar la carcajada. Cuando lo acabé, a las tantas de la madrugada, tenía una nueva muesca entre mis lecturas, y un nuevo autor que despertó mi interés.
Ya pasado el tiempo, adopté como frase tipo el título del libro, cada vez que no sabía algo de alguien o algo que debía saber.
—¿Sabes algo de fulanita?
—Que va; sin noticias de Gurb.
—¿Te han pasado ya el contrato firmado?
—Pues no… Sigo sin noticias de Gurb.
Y cosas por el estilo.
Me parecía curioso, eso sí, tener que explicar, cada dos por tres, a qué venía eso… Bueno; nunca está de más aportar algo de cultura general.
Hace unos días, paseando por el centro de mi ciudad, entregada al dichoso placer de darle patadas a las latas, como me gusta definir al mero hecho de salir a caminar sin ningún compromiso ni obligación, entré a bichear las novedades y las ofertas literarias en una librería que me cogía al paso; creo que pocos placeres se le pueden igualar, al menos para aquellos que tenemos esa afición. Tocar los lomos de ediciones de encuadernaciones clásicas, mirar los tochos de pasta dura de escrituras novedosas, perderse en los resúmenes de los argumentos en las contraportadas, mirar ofertas de bolsillo que te hacen fijarte en autores o historias a las que no les prestarías atención en otras circunstancias, o que te hacen desear leer de nuevo, aprovechando la oportunidad del bajo costo, una lectura pasada,… Precisamente, en el expositor giratorio destinado a esos menesteres, me encontré una edición bastante nueva del libro de Mendoza, que se veía pequeñito con respecto a la edición de la nueva historia que había sacado hacía unos meses, y que llevaba por título algo relativo a un funeral que vaticinaba cachondeo. Cogí el de Gurb, sin embargo, pasé las hojas rápidamente y, previendo las risas que soltaría al volvérmelo a leer, decidí llevármelo. En esas estaba, con el libro en la mano dando vueltas por la tienda a ver si encontraba algo más, cuando vi algo que me hizo parar en seco. Una mujer de larga melena rubia rabiosa, vestida de una forma que, sin resultar chabacana sí se veía exuberante y con unos tacones de más de diez centímetros que anticipaban su corta estatura, estaba allí, ojeando las novedades. Miré hacia los lados. No había nadie más. Miré el libro que yo llevaba en la mano. La miré a ella. ¿Marta Sánchez? ¿Ahí? ¿Justo en ese momento? Pues sí que sería casualidad. De pronto me pareció que estaba viendo una versión ibérica de “Notting Hill”, en la que yo sería Hugh Grant (aunque la librería no era mía) y Marta Sánchez Julia Roberts (aunque ella no era, ni de lejos, mi oscuro objeto de deseo. Consideraba que cantaba bien, pero no hasta ese punto). Se llamaría “Sant Antoni”, ya que en ese barrio de Barcelona me encontraba. Que cutre sonaba por cierto, como perdían algunas cosas cuando de las nacionalizaba.
—Hola.
Dijo la mujer rubia, entiendo que para romper el hielo por la forma en la que me había quedado observándola. Y constate que, aunque es obvio que todo el mundo cambia de la televisión al directo, esa cara que había pasado por varios cirujanos estéticos, mantenía la esencia de la original segunda cantante de Olé, Olé, grupo emblemático de los ochenta donde los hubiera.
—Hola—contesté, antes de que pensara que me había dado un parraque—. Disculpa… ¿Eres tú? —Fui consciente de lo gilipollas que sonaba nada más decirlo. Reaccioné—. Marta Sánchez, quiero decir.
—Sí, desde pequeñita… —No había cinismo en su respuesta. Sonreía.
—Disculpa. —Otra vez—. Es que no esperaba encontrarme contigo aquí de ninguna de las maneras, pero es que, encima… —Elevé el libro de Mendoza a la altura de su cara por toda explicación.
Marta comenzó a reírse, cantarina, amable, algo envanecida.
—¡No me lo puedo creer! Pues sí que es casualidad. Creo que han sacado una nueva edición. —Cogió el libro de mi mano y le dio un par de vueltas—. Me da que este señorito me va a perseguir hasta el día de mi muerte… Que digo; hasta después, que las lecturas permanecen—me lo devolvió—. ¿Lo has leído?
—Hace años ya… Pero recuerdo lo que me reí y, al verlo, se me ha venido a los ojos.
—Si, sí, es muy gracioso. Y anda que no me han preguntado veces por él… Tuvo tanta repercusión que me escogiera a mi para darle vida terrestre al marciano que hasta Mendoza, que no sé cómo consiguió mi teléfono, me llamó para preguntarme si estaba molesta con la historia—seguía sonriendo… Resultaba encantadora. No paraba de sonreír.
—Y… ¿Te molestó? —me tenía intrigada.
—En parte… —se llevó la mano a la barbilla, rumiando—. Definitivamente, sí, al principio, porqué para la población lectora llegué a ser más conocida por él que por mis canciones. Pero conforme pasaba el tiempo, opté por lo de a mar revuelto ganancia de pescadores, y me lo tomé bien. Al fin y al cabo fue una publicidad gratuita que me hizo para un público que no era usuario de Olé, Olé. Después también está que me lo leí y me hizo mucha gracia. Que idea tuvo… Estos escritores…
Sonó entonces la campanilla de la puerta, y me volví. Me encanta esa forma sutil que tienen algunos comercios, de informar al dependiente de que ha entrado un parroquiano. De hecho, ipso facto apareció un hombre de mediana edad de la trastienda y se puso tras el mostrador. Le fui a decir entonces a Marta que iba a aprovechar para pagar, cuando me di cuenta de que ya no estaba a mi lado. “Estará curioseando entre los libros”, pensé, así que di una vuelta por las estanterías buscándola, pero no… Era como si se hubiera volatilizado. Miré entonces al hombre que, al entrar, me despistó. “No puede ser… ¿Paquirrín?”*. Sí, era él y, realmente, no sé si lo que me sorprendió fue tanto ver al hijo de la Pantoja, como ver ALLÍ al hijo de la Pantoja. Sin entender un pito, me dirigí al dependiente:
—Perdone… ¿No ha visto salir a una mujer rubia que estaba hablando conmigo?
—Pues no… Estaba organizando los pedidos—señaló hacia la puerta de atrás que daba a una especie de almacén—. Sólo he visto a ese señor—señaló al ínclito—y a usted, claro... ¿Se le ofrece algo? —añadió, mirando el libro que yo llevaba en la mano.
—Sí, bueno… ¿Me lo cobra, por favor?
—Claro—lo cogió y le dio la vuelta, para marcar el precio con el código de barras—. Eduardo Mendoza… No me he leído nada de él; ¿es bueno?—me subió el libro a la altura de las narices.
“Valiente librero”, pensé.
—Divertido.
Paquirrín se puso entonces a mi lado. Llevaba en la mano “Guerra y paz” de Tolstoi (estuvo a punto de darme un chungo). Se dirigió al empleado.
—Disculpe… ¿Es buena esta edición? Es que a veces, las traducciones… —cogió el libro de Mendoza de la mano del librero—. ¡Ah! Que bueno; me reí mucho… Que cosas tiene este Eduardo…
Mientras flipaba en colores, aboné el libro y salí por donde había venido, dejando al hijo de la Pantoja con sus disquisiciones sobre los rusos clásicos, y temiendo encontrarme en la puerta al Conde-Duque de Olivares** bajando del caballo para hacerse con una edición en piel del Quijote. Eso no pasó, claro. Así que tiré calle para adelante, obnubilada, hasta que me paré en seco y volví sobre mis pasos. Entre de nuevo en la librería, fui al expositor de novedades (Paquirrín ya se había ido), y le expedí al dependiente que aun no había tenido ocasión de leerse nada de Mendoza, para que me lo cobrara, el nuevo libro del autor, “La intriga del funeral inconveniente”, deseando leérmelo. Estaba segura que me lo iba a pasar pipa.
*Paquirrín es uno de los personajes de “Sin noticias de Gurb”.
**El Conde-Duque de Olivares es uno de los personajes de “Sin noticias de Gurb”.
Mira, Isabel, después de pensar durante medio relato que era muy original, la carcajada que he pegado al leer: "Paquirrín se puso entonces a mi lado. Llevaba en la mano “Guerra y paz” de Tolstoi (estuvo a punto de darme un chungo)"; y algo después: "temiendo encontrarme en la puerta al Conde-Duque de Olivares** bajando del caballo para hacerse con una edición en piel del Quijote", no tienen precio. Eres especial y lo sabes. Un mega aplauso.
ResponderEliminarMe ha encantado.😘😘😘😘😘
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