6 - La obra de Beatriz Salas Escarpa

«¿Por qué dicen siempre que meterse en obras es perder años de salud? No lo entiendo. En realidad, no puede ser para tanto si contratas a la misma persona para que te resuelva lo necesario y se encargue de los diferentes obreros y su coordinación». Denise se decía estas mismas frases día sí y día no. Llevaba años de alquiler en ese piso que tanto le gustaba, sin probabilidad de que la echaran por tener un contrato antiguo, y como el precio seguía siendo una miseria, había llegado el momento de invertir los ahorros en mejorarlo. Algunas zonas ya no podían esperar más o la cosa iría a mucho peor en breve. Por ejemplo, la cocina no aguantaba muchos más envites. Y eso que ella la cuidaba, pero después de «¿Son cuarenta años o más?», empezó a echar cuentas y eran cuarenta y dos y pico. En todo ese tiempo nunca había pensado en mejoras y no sabía por dónde empezar ni qué decisiones tomar. Volvió a revisar: había tenido que tirar varias puertas de los muebles de la parte de abajo y los huecos con los cacharros a la vista quedaban fatal; esa misma mañana se quedó con otra en la mano y el estado de la formica no animaba a recomponer la bisagra porque el interior ya no servía: estaba arrancado. Eso en la cocina. En los dos baños… sin palabras. Daba miedo entrar. Miró a su alrededor despacio: las paredes de gotelé se habían ido desconchando y el estado de guerra imperaba por doquier. 


¿Cómo dio con Manuel? Había preguntado a tanta gente que ya se confundía. El caso es que vino muy decidido, la tranquilizó con los plazos y le dio un presupuesto algo subidito, pero que incluía la totalidad. Incluso propuso cambiar las puertas por unas modernas, blancas, que estaban a un precio estupendo. Le pidió tiempo, porque sus ahorros no llegaban a tanto, pero a las dos semanas aceptó la propuesta. Otra cosa era cuándo podría empezar. Tenía tantos clientes en la lista que necesitaría al menos tres meses. No quería empezar hasta estar seguro de que ningún imprevisto le obligara a parar la obra y alargar el plazo que le diera. Ella estaba encantada porque así podría ir ahorrando algo más.


La primera vez que llamó fue algo muy inesperado. Había pasado menos de un mes. Manuel quería comentarle que, casualmente, había encontrado una serie de puertas de madera maciza que se ajustaban a lo que quería para ella; eran extraordinarias. Prácticamente costaban lo mismo que las que vendían huecas en los almacenes, pero la calidad de las que estaba viendo merecía la pena darse prisa para no perder el chollo. La propuesta incluía guardarlas en la nave que tenía con sus cosas de trabajo y materiales. No se tendría que preocupar por el transporte ni el almacenamiento porque estaban incluidos en el precio. 

Denise se puso tan contenta de poder tener unas buenas puertas que le animó a comprarlas. De paso, añadió, podía redondear hasta los 2.000 € para ir reuniendo algo más para materiales e ir comprándolos. Tenía que pasar uno de esos días a medir la cocina y encargarla para que, cuando pusieran el suelo, la instalaran y no la dejaran sin poder cocinar. Denise le comentó que podía incluso darle algo más y él aceptó proponiendo pasar a recogerlo. Era otra manera de abaratar el trabajo. 

—¡Genial! —le dijo más contenta. 

No veía la hora de que se cumpliera el plazo y empezara el tal Manuel. Cada día estaba más feliz con la idea. Además, su vecina Marta se iría de veraneo al pueblo y ella podría pasar ese mes de reforma en su casa, puerta con puerta, sin sufrir los inconvenientes de tanto trajín con la obra, a la vez que podía controlarla.


Casualmente, no mucho después, dio con un suelo de madera, ya no laminado, que, como le explicó, no tenía comparación. Eran los restos de un hotel muy lujoso que se estaba rehabilitando en la ciudad. Era muy amigo del encargado y podría llevárselo en negro para su clienta. Denise no cabía en sí de gozo. 

—¿En serio? ¿Es madera de verdad?

—Y de la mejor calidad, señora. No puede imaginar qué belleza —contestó con voz entusiasta, como el que acaba de encontrar la perla soñada en la ostra que se está comiendo.

—Pues no lo dude, Manuel, me interesa, claro que me interesa.

—Y es que de los 15 € por metro cuadrado del laminado que le quería poner a los 20 € del de madera que me deja el encargado, cuando por lo menos valdría 50 €, es para lanzarse a la piscina y disfrutar del baño. 

El entusiasmo que demostraba Manuel subía y subía como el champán en una botella recién agitada.

—Perfecto entonces, pase por aquí cuanto antes y le doy el dinero. Menos mal que usted me lo guarda y va acumulando todos los materiales. ¡Qué suerte he tenido con usted!

—He calculado 5.000 € y la casa parecerá la de una reina.

Cuando se encontró con su vecina Marta, al salir a la compra, estaba radiante. Al escuchar la novedad, Marta le puso mala cara. 

—No sé, Denise, llevas dándole mucho dinero a ese hombre y aún no ha empezado.

—¡Cómo eres, de verdad! Parece que no te alegres. ¿No ves que me está haciendo un gran favor? Y no solo por buscarme tales chollos, es que además lo va reservando en su almacén para tenerlo todo listo en cuanto los obreros puedan empezar aquí.


Las semanas iban pasando y la cosa llegó a un límite en que incluso a Denise empezó a preocuparse. En septiembre regresó Marta de sus vacaciones, y la obra seguía en espera.  

A finales de octubre seguían apareciendo chollos. Esta vez fueron los sanitarios perfectos para ambos baños y la cantidad entregada superó los 10.000 €. 

A partir de ese momento las cosas empezaron a cambiar. Surgían problemas cada vez más a menudo: «No se han podido terminar en plazo los dos últimos trabajos»; «Se han dado de baja, y por turnos, varios obreros»; «Estoy en el hospital con una rotura de menisco»… Al principio entendía las explicaciones de Manuel con paciencia y sin darle demasiadas vueltas, pero cada nuevo retraso le dejaba un amargo sabor de boca.

Las excusas eran tantas y de tal envergadura que la situación se hizo insostenible. Dejó de dormir bien y la preocupación la sumió en un estado tal que la llevó al médico y a tomar pastillas para digerir la espera.


Pasaron las Navidades sin que nada cambiase. Una mañana se armó de valor y fue ella quien llamó. Lo hizo varias veces. Manuel no cogía el teléfono.

—¿Qué vas a hacer, Denise? —Marta estaba muy preocupada. 

Horas después, al final de la tarde, solo se oía: «El número marcado no existe. Por favor, compruebe el número e inténtelo de nuevo».

Las lágrimas de Denise no dejaban de deslizarse, primero despacio, como asustadas; después en torrente, como si la presa de su angustia se hubiera quebrado. La realidad se imponía: la habían estafado y le habían quitado todo, hasta la tranquilidad.


Comentarios

  1. Qué bien escrito está, Beatriz. Me encantan las comparaciones que haces. Y, aunque se sabe lo que va a pasar (no haces nada por ocultarlo), no puedes dejar de leer hasta que se produce el desenlace.

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  2. Pobre Denise. Me ha dado pena de la pobre mujer. Muy bien, cómo siempre.

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