4- A propósito de Carlos por Isabel Villanueva
Carlos miraba atentamente, con sus rasgados ojos verdes apenas entreabiertos, a la persona que entraba en el cementerio. “Ah, es el abuelo de Marta”, pensó, y se marchó por donde había venido. Con él sabía que no tenía nada que hacer, así que se fue a otra cosa, con su andar elegante y pausado. En estas, Ismael, el encargado del recinto, soltó la carretilla que empujaba y se paró a hablar con el visitante:
—Buenas tardes, Benito ¿otra vez a ver a la nieta?
—Sí, Ismael, a cambiarle las flores, que con tanto calor no duran más de tres días…
—Ya le dije que, en estas fechas, mejor que deje solo las de plástico, que lo más que hacen es perder color con el tiempo.
—No, no, no,… A mi Marta le gustaban naturales—dijo el anciano mostrando un majestuoso ramo de margaritas—y su abuelo se las pone naturales. —La voz sonó temblona.
—Pues como usted vea, Benito, faltaría más… Sigo con mis cosas. Vaya usted con Dios—se despidió Ismael, cogiendo las asas de la carretilla y comenzando a andar.
—Ve con Dios, Ismael—y enfiló hacia el nicho de su nieta.
Carlos, atento a la escena, pensó: “Pobre hombre. Va para dos años de la muerte de su nieta, y no remonta”, mientras rememoraba cuando, siendo un chavalín, asistió al sepelio de la chiquilla, una cría a las puertas de convertirse en una mocita, a la que arrolló un coche conducido por un borracho que, desde entonces, estaba en la cárcel, sí, pero a ver quien reparaba el daño.
De pronto, notó una sombra que se ceñía sobre él y miró hacia arriba.
—Micifuz ¿qué haces ahí parado como un tonto? Anda, quítate de en medio—habló Ismael echándole encima la carretilla con un falso enfado, ante lo que el gato dio una zancada soltando un maullido, para apartarse—. A mi no me bufes ¿eh, minino?
Pero… ¿Cómo no lo iba a hacer? Le daba igual apartarse pero ¿Micifuz? Estaba harto de que le llamase así, pero era el nombre que le encasquetó desde que nació, cuando siendo una pizca le cogió entre sus manazas y, al mirarlo, exclamó:
—¡Que negro y que bonito! A este le voy a poner Micifuz.
Y se quedó tan ancho el tío. Desde entonces le llamaba así y los demás le identificaban por ese nombre, cuando él ya había decidido, hacía tiempo, que se llamaba Carlos ¡Carlos!, como un hombre muy elegante que pasaba por el cementerio de vez en cuando (cada vez menos, por cierto) y, cuyo porte, le encantó, con ese traje oscuro que gastaba, y esa forma silenciosa de andar… Le recordó a él y se puso su nombre, pero… ¿Cómo hacérselo ver a Ismael?
El cementerio donde vivía desde siempre era pequeñito, coqueto, y estaba lleno de flores, sobre todo el día de los difuntos, que parecía un jardín. Al pertenecer a un pueblo no muy grande, la gente mantenía la costumbre de visitar, de vez en cuando, las tumbas de sus seres queridos fallecidos, y echar un rato limpiando las lápidas y arreglando los jarrones y jardineras, mientras bisbiseaban una oración o echaban una lágrima. Carlos estaba acostumbrado a ellos, ya que no había salido de allí nunca… ¿Para qué? Una vez traspasó la puerta, monumental, con esa reja tan grande y se asomó al exterior, pero lo que vio fue una carretera poco transitada y las paredes de una nave industrial, así que se dio la vuelta y hasta el día de hoy. Y es que, al fin y al cabo, tenía todo lo que necesitaba, viviendo en franca armonía formando parte de una familia de gatos (¿Cuántos serían ahora? ¿Quince, dieciséis?), entre los que estaban su madre, aunque no recordaba quien era (los mininos, para esas cosas, eran poco mirados, aunque sí evocaba como le daba el pecho y le lamía mientras lo hacía) y, posiblemente, su padre, aunque de este sí que no tenía la menor reminiscencia, ya que con poner la simiente hizo todo el trabajo que se esperaba de él, que para eso los felinos seguían siendo muy atrasados.
Además, le gustaba pasear entre las calles llenas de nichos, subirse a los panteones (o dormitar en sus escalones de mármol en verano, tan fresquitos), y perseguir a las gatitas. Hacía unos meses, precisamente, habían parido una nueva camada de la que dejaron un par de cachorritas (cada vez que había nacimientos se llevaban a algunos de los neonatos, porqué sino ya no cabrían), y estaba esperando a que una de ellas, una belleza atigrada de ojos azules que le traía loco, terminase de empollar para rondarle... Bueno, realmente ya lo hacía, sutilmente, pero ella pensaba que estaba jugando. Lo que tenía claro es que no iba a dar un paso más allá hasta que fuese el momento adecuado (no era un pederasta), ni ella dijese sí (era un caballero), para pasar a la acción y tener con ella gatitos, sus primeros gatitos, porqué él no se iba con cualquiera y, aunque le habían roneado varias mininas en edad de merecer, que no en vano era el único gato negro que había por allí, y con esos ojos tan verdes, esa apostura… En fin, se lo rifaban, no, no,… Él sabía esperar y, aunque estuvo a punto de tener un desliz con Irma, la gata más ligerilla del recinto (recortadita, estilizada, blanca con manchas naranjas y grises que le rodeaban los ojos como si fuera un antifaz, un auténtico bombón), se había mantenido fiel a sus ideales. Esperaría a que Berta, que así se llamaba el objeto de sus amores, llegase a los seis o siete meses y se lanzaría, a ver que pasaba, que ya le llamaba el reloj biológico y tenía ganas de ser padre.
Un ruido mínimo hizo que su fino oído diese la vuelta. Alguien entraba en el recinto. Dos mujeres de mediana edad, una mayor que la otra. Se relamió de gusto y se preparó. Había gente con la que no servía de nada, pero estas eran nuevas, así que iba a probar. Se colocó entre dos mausoleos que estaban a unos veinte centímetros de distancia, y espero agazapado a que pasaran por allí; justo en ese momento soltó un bufido mientras se estiraba, arqueaba el lomo, ponía los pelos de punta y enseñaba los dientes. Las mujeres, al verlo, se asustaron, modificaron su trayectoria y se agarraron del brazo temerosas.
—Ten cuidado, Eulalia, con el gato—dijo una flojito—que además es negro, con la mala leche que tienen…
—Tira, tira,…—dijo la tal Eulalia—. Yo, mientras no se nos cruce…
Y fue justo terminar de decirlo y Carlos pasó como una exhalación por delante de ellas, quedándose apostado en los escalones de uno de los panteones del otro lado. Las dos mujeres, entonces, hicieron una cruz con los dedos en su dirección y se fueron por donde habían venido. “Que tontas”, pensó él mientras se partía de risa, aunque visto desde fuera parecía una escultura egipcia. “Pero que tontas”… Se tronchaba. Y es que eso era lo que más le gustaba de todo; asustar a la gente, cruzarse por delante para fastidiar a los supersticiosos y, oye, casi todo el mundo picaba y ponía los dedos en cruz cuando lo hacía y soltaban aquello de “lagarto, lagarto”, que a ver que pintaba un reptil en esta historia.
—¿Micifuz? ¿Te has vuelto lelo? ¿No ves que tengo que entrar en el mausoleo del marqués? ¡Que te quites de en medio, hombre ya! Dichoso minino…
Carlos paró de golpe de reírse, mientras veía como salían por el portón las mujeres, y miro a Ismael, que le observaba a su vez con cierto asombro ante su hieratismo. Se apartó entonces parsimoniosamente, y contempló al encargado entrar en el recinto funerario. Ismael. Ismael era otra de las cosas que le gustaban de vivir allí. Conocía a toda la familia gatuna por sus nombres (no en vano los “bautizaba” él), les daba de comer (pienso para gatos, restos y hasta pescado de vez en cuando), estaba pendiente de que tuviesen agua y, si veía a alguno con mal aspecto, le cuidaba y hasta le llevaba al veterinario si lo veía necesario. Además, cuando uno fallecía, retiraba el cadáver con cariño y lo cubría con una mantita para llevárselo váyase usted a saber dónde, que eso no era asunto suyo. Ismael definitivamente era parte de su vida, y le gustaba que fuese así… Pese al nombre que le había colocado; “Micifuz”. Arrugó el entrecejo.
En esas estaba, con sus ensoñaciones y lamiéndose las patas, cuando se cruzó Berta por delante, contoneándose y fijando en él sus ojos azules. Carlos la miró pasar sin dejar la limpieza y moviendo solo un poco la cabeza en su dirección sin prestarle mucha atención, ya que no tenía ganas de juegos. Pero entonces pasó algo raro… Berta dio la vuelta y volvió a pasar por delante de él, luciéndose y mirándole fijamente, por lo que Carlos dejó su higiene y la contempló de la misma manera. “Esta Berta cada día está más guapa“ pensó, notando en ella un olor extraño. Entonces hizo unas cuentas y cayó; la gatita había cumplido ya los cinco meses. “Es muy joven, pero… “ discurría, cuando Berta volvió a pasar, “y ese olor…”. Sonrió ella entonces, coqueta, y Carlos la imitó y se le acercó, ronroneando. Le lamió detrás de las orejas y Berta, que al principio se dejó, salió corriendo para desaparecer detrás de un mausoleo, asomando al momento la cabeza y sonriendo seductora. Carlos maulló contento y salió en su búsqueda.
Me ha encantado.💙💙
ResponderEliminarMe ha encantado y repito: como siempre.
ResponderEliminarAl principio imaginé a Carlos como un niño correteando por el cementerio. Tu originalidad, esa particular manera de relatar y sobre todo tu chispa, son reconocibles y geniales. Ahora a esperar el siguiente.
Muy chulo, Isabel. Pienso que te has metido bien en la personalidad del gato y se hace muy ameno leerlo.
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