5 - La visita por Beatriz Salas Escarpa
Las lentas horas de aquel viaje llegaron a su fin al mediodía del jueves 12 de junio. Para ser la primera vez que me subía a un barco, no pongo en pie los días de trayecto. Lo que sí me marcó fue empezar a ver tierra al acercarnos a Tenerife. Bordeando la costa desde el sur hasta la capital, contemplé incrédula un continuo secarral que daba miedo. Convencida de que me había equivocado de isla, me giré buscando a quién preguntar, porque no había ni rastro de vegetación. Había imaginado un paisaje frondoso, verde y hasta con loros.
Lo comenté con mi hermano:
—¿No íbamos a una isla tropical? ¿Dónde están las palmeras?
Me miró sin saber qué contestar; solo tenía diecisiete años.
No me gustó nada. La decepción fue tremenda.
Mis tíos nos recibieron como si nada, quizá porque habíamos tenido nula relación al vivir en otros países. Eran fríos los hombres de mi parte paterna.
Tras la comida con todo ellos, nos guiaron de inmediato a la Costa del Silencio para enseñarnos qué bungalow nos habían alquilado y dónde estaba la tienda en la que iba a trabajar para ellos.
Mi padre había decidido asociarse con sus dos hermanos en la isla de Tenerife, donde tenían un negocio de joyería. El clima subtropical y trabajar sin jefes fueron los mayores alicientes.
Mi hermano regresó en un avión junto a mis padres que seguían ultimando la mudanza.
Para mí, el atractivo de unirme ahora a esa aventura era por dos cosas: encargarme de inaugurar y estar al frente del negocio que los tíos habían decidido abrir cuanto antes, y poder seguir viviendo cerca —a setenta kilómetros—, pero sola.
Se me hizo largo llegar a nuestro destino. La aridez por doquier impresionaba. Era el panorama desolador que había visto desde el barco: ni un árbol en todo el camino, y solo algunos al llegar a las urbanizaciones. Curiosa por observarlo todo, no hice mucho aspaviento. No me iba a quejar ahora que ya estaba ahí.
Abrí las maletas en el pequeño bungalow —en una hilera de casitas adosadas de las más antiguas de la zona—, ilusionada por haber conseguido mi primera vivienda. Ahora sí podía decir que me había independizado. La recorrí con un puntito de orgullo, aunque algo despistada e insegura.
Antes de acostarme salí un rato al patio. «Necesitaría algunas plantas», pensé mientras imaginaba unos geranios. Se estaba bien allí, sentada en silencio, y me dije que lo había conseguido. Después de todo lo pasado en los últimos tiempos. Recomenzar en un sitio tan lejano, con un trabajo que nunca había hecho, lejos de preocuparme, me animaba.
La famosa tienda estaba justo al otro lado de la calle, en el centro comercial de la zona. El lunes 16 de junio abrí la puerta al público en aquella joyería discreta, con poca mercancía y menos medios. Los artículos los fabricaban mis tíos: un poco de joyería de oro y plata con marfil, además de cadenas de oro, perlas de río y algo de bisutería.
Me hacía bien que confiaran en mí; no pensaba fallarles. No podía consultarles gran cosa, porque nadie en la familia había trabajado vendiendo en una tienda, amén de que estaban a más de sesenta kilómetros. Decidí que improvisaría.
A mí me había gustaba hablar con cualquier tipo de persona, era cercana y amable, sin embargo, ahora tenía que vender, así que procuraba conquistarlos para que se llevaran cuanto más cosas, mejor.
Y funcionó. La tienda vendió bien desde el principio y yo estaba cada día más contenta.
Una tarde de agosto entraron dos chicas italianas. Iban bien vestidas y resultaron muy simpáticas y dicharacheras; nos presentamos casi enseguida. Ellas eran Liliana y Piera. Empezamos a hablar como podíamos para entendernos y desde el principio parecía que nos conociéramos desde hacía tiempo. Las escuché comentar que querían comprarse algo mientras pensaban qué iban a hacer y capté que algo iba mal pese al desenfado. En eso estaban cuando me contaron que las habían engañado o que había habido algún problema, aún no lo tenían claro. Resulta que acababan de llegar para pasar quince días por indicación de un chico italiano de la zona. La cuestión es que no aparecía y no tenían dónde dormir. No lo dudé: les ofrecí mi casa. Tenía sitio, vivía sola, eran de mi edad y tenían muy buena pinta. No me planteé que fueran a complicarme la vida.
Otra cosa fue mi tío que lo desaconsejó criticando a todos los italianos:
—Te van a robar, son italianas.
—Tío, por favor. No sé qué… como no me roben las bragas —respondí sin hacerle caso.
Con ellas empecé a chapurrear algo de italiano que, por cierto, me vino bien para atender a clientes en ese idioma. Me enseñaron a cocinar salsa de tomate con azúcar y en un cazo con poco aceite, no en sartén. Para terminar un buen trozo de mantequilla. Que yo supiera, la mantequilla solo era para las tostadas.
Todos los mediodías íbamos a bañarnos y ponernos morenas y por las noches salíamos a bailar y a ligar. Así conocí a Olaf, un alemán muy guapo que estaba de vacaciones y, tras dos días juntos, se fue sin pena ni gloria.
Cuánto disfrutamos y reímos juntas; unos días muy felices que me hicieron mucho bien. Conocerlas fue un regalo. Cuando partieron no las volví a ver; sin embargo, habían sido una luz en el camino y un traguito de agua fresca en aquel desierto.
Tras su partida, la vida en ese rinconcito del mundo resultó fácil, cómoda y tranquila. Aunque el sitio era decadente y feo, yo no lo percibía. Mi tesoro era la libertad y las personas que iba conociendo: la sal de la vida.
💙💙💙💙💙
ResponderEliminarVeo que sigues con tintes autobiográficos, querida Beatriz. Es un relato bonito, agradable, de una chica joven que parece que, por primera vez, se pone en el mapa y manifiesta tal cual va a ser. De que me sonará... Tiene poesía.
ResponderEliminarMe ha encantado conocer ese trocito de tu historia. Ha sido una lectura agradable y amena.
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