4 – Un gato negro, por Beatriz Salas Escarpa
MARISOL
—¿Cómo que Marisol? Una gata no puede llamarse Marisol.
—¿Por qué? —Silencio— Es mía… y la llamaré como quiera.
Y así fue. Marisol, que ahora tiene casi doce años, era de Verónica y nadie lo dudaba. Se movía tras ella, fuera donde fuera, y en cuanto se sentaba, se colocaba en su regazo. Solo había una cosa que no consentía: que la acariciaran. Tampoco acudía si la llamabas. Con ella las cosas quedaron bien claras desde la segunda o tercera semana: haría su santa voluntad. Marisol elegía cómo y cuándo; dónde sí y dónde no, y si respetabas sus horarios de comida, era la gata perfecta. A veces Verónica pensaba que eran tan iguales en sus reacciones que daba miedo. Solo le extrañaba una cosa de ella, en cuanto veía una sola ranura por la que salir, tardabas en verla volver, muy sucia y cansada, un par de días después. Era su manera de redescubrir aquella libertad de sus primeros tiempos, a la vez que la soledad.
Porque aún recordaba sus días de penurias en aquel mísero barrio, lejano y marginado de la sociedad. Allí, aquel desgraciado tiró la caja a un lado de la calle, harto de verla corretear por el garaje. Había sido el último gatito de la camada en salir de la casa, y la única abandonada a su suerte en el peor sitio de la ciudad. Aquel elegante italiano, con cara de buenos amigos, era solo fachada, si no, ¿por qué la trató así? Y todo porque era negra, negra como un tizón. «Ese color —decía en cuanto le hablaban de la gatita— traía mala suerte, y tenía que irse». A saber qué sabía él de mala suerte. «Pantera», la llamaron los niños mientras estuvo con ellos, y así la recordaron.
Cuando pudo salir de aquella caja de cartón maltrecha, donde ni un poco de comida o un trapito la acompañaban, se encontró con un día de lluvia de la temporada de otoño: las calles embarradas, los niños jugando a saltar en los charcos, y suciedad, mucha suciedad.
Miró curiosa a izquierda y derecha. Estaba tan desorientada que no entendía qué tenía que hacer. Sus ojos se fijaron en un charquito cercano; corrió presurosa a lamer con su lengüita rosada. Su madre ya no estaba, sus hermanos habían ido desapareciendo en brazos de los amiguitos de la casa y ella quedó desamparada por culpa de aquella tonta superstición. Retrocedió, entró de nuevo a la caja suspirando, acurrucándose contra la esquina. Al menos ahí estaba segura, o eso creía.
Una niña de unos siete años corrió hacia la caja. Había visto entrar a Pantera y quiso cogerla. No pudo. La gata estaba tan asustada que sus bufidos sobresaltaron a la niña. Retrocedió, miró el cartón curiosa y, como podía con ella, la cargó hasta su casa. No dejaría a ese gatito tan mono en medio de la calle. La pequeña, con sus botas embarradas hasta casi la pierna, avanzó despacio en dirección a su chabola. Entró buscando la mirada de su madre y, al no encontrarla, se sentó en su camastro y pensó en qué haría para abrazar a la recién llegada.
Su madre llegó con el pollo colgando de su mano izquierda. Su cara sucia y de amargada no pronosticaba nada bueno. Ni la miró. Arrastrando los pies, pasó por delante hacia la parte de atrás y empezó a hervir agua. Hoy comerían pollo. La niña cogió la caja apresurada, antes de que el gato hiciera algún ruido y, aunque seguía lloviendo, se dirigió a la parte alta de la calle. Era su tesoro, pero no sabía si podría conservarlo. Entre un montón de cascotes acomodó la caja y regresó a su casa. Sería su secreto.
El borracho de turno cayó cerca de Pantera y se dejó dormir, no sin antes apoyarse en la caja que se abrió por completo dejando a la gata a su suerte. Fue visto y no visto: ella empezó a correr y no paró hasta llegar a un montón de desperdicios. Empapada y muerta de hambre, se movió en busca de algo que comer, tras lo cual se quedó ahí mismo dormida.
Amanecía cuando se puso en marcha. No se veía el final del descampado, pero no le importó. Al cabo de las horas, ya cerca del final, exhausta, volvió a dejarse caer.
Un grupo de perros callejeros se acercó al bulto olisqueándola. La perra de más edad, recién parida, tras comprobar su tamaño, la cogió entre sus dientes para llevarla junto a sus cachorros. El terror se apoderó de Pantera. El corazón casi se le paralizó hasta sentirse rodeada de los recién nacidos, que le hicieron de almohada a su cansado cuerpecito. Estaba al final de sus fuerzas y ahora tenía familia.
Los días siguientes transcurrieron entre lametones y juegos. Pantera estaba cómoda y «en casa». La madre perra era delicada y solícita. Traía restos de todo tipo para alimentarla, sobre todo mientras mamaban sus hijos e iban creciendo los cachorritos. Alguna que otra vez sufrieron la invasión de la chiquillería, que quería jugar a la pelota con ellos sin conseguirlo; salían tan rápido que no los atrapaban.
Y todo hubiera seguido así si cierto día, una anciana gitana que pasó cerca, se encandiló de Pantera al verla corretear y consiguió meterla en su cesta, atrayéndola con un buen pedazo de tocino. Estaba segura de que ese gato podría traerle suerte y ahuyentar los malos espíritus, amén de mantener a raya ratones y plagas. La vida de Pantera cambió por completo. Ya no podía salir a jugar con sus «hermanos»; ya no podía hacer otra cosa que dormir en el cuartucho. Además, le puso nombre: Miut, la que maúlla. Porque protestar, Pantera protestaba por todo.
Miut disfrutó durante unos años de muchos caprichos. Era normal que le dieran trozos de chorizo, mortadela o su preferido: una buena cabeza de sardina. Engordó y se relamía mientras la echadora de cartas hacía las delicias de sus clientas. Pero no debía ser muy feliz porque, un día cualquiera, mientras la Pepa —la gitana— despedía a una señora que salía llorando por haber contactado con su difunto marido, Miut saltó de improviso hacia la calle. Se perdió entre las caravanas vecinas y comenzó una larga marcha que, por mucho que el agotamiento la paralizara algunas veces, no concluyó hasta la verja de la casa de Verónica. ¿Qué la guio hasta allí? ¿Por qué? La vieja Pepa siempre decía que los gatos se mueven por hilos invisibles. Quizá por eso Miut supo llegar a su verdadero hogar.
Verónica venía de pasar un día horrible. El trayecto desde su picadero, donde entrenaba caballos, estuvo complicado por varios accidentes «¿Es que la gente ya no sabe conducir? ¿A qué tanta prisa, cretino?», murmuraba al superar cada tramo congestionado. Llegaba muy sucia, con hambre y muy cansada. Además, Juan no había sacado la basura a su contenedor. Furiosa, cogió la bolsa de mala manera —que por suerte no estaba rota— y casi se cae al tropezar con Miut.
—Pero quién eres tú, cosita linda —de repente su hartura se disipó ante la gata. Estaba colocada cuan Cleopatra y la miró como diciéndole: «Vaya, por fin llegas».
—Madre mía, eres preciosa…
«Vale, vale, déjame entrar y dame algo de beber y de comer», parecía exigirle con la mirada.
—Entra, vamos, no te quedes ahí mirándome —abandonó la bolsa a un lado y dejó que Miut entrara y se hiciera a la cocina. Con sus dos cuencos de agua y bolitas, Miut se lanzó. Y en eso apareció Juan por la puerta principal.
—Verooo. ¡Ya estoy aquí! No dirás que hoy llego tar…
Acababa de entrar en la cocina y sus ojos se cruzaron con los retadores de Miut.
—¿Qué es eso? —preguntó horrorizado.
—Mi gata.
—¡¿Cómo que tu gata!?
—Bueno, sí, nuestra gata.
—¿Cómo te atreves a adjudicarnos este animal sin hablarlo? —Su cabreo era notorio.
—Marisol. El animal tiene nombre.
—¡¿Cómo que Marisol?! Una gata no puede llamarse Marisol. Además…
Juan no podía, no sabía cómo reaccionar. Conocía a Verónica y cuando ella tomaba una decisión, ni muerta la cambiaba.
—¿Por qué? —insistió ella ante su silencio—. Es mía… y la llamaré como quiera —concluyó.
—Pero ya tenemos dos animales. ¿Qué hacemos con tres? ¿Estás loca?
—No estoy loca. Ella ha llegado a nuestra puerta y se queda.
—De verdad, no te entiendo —dijo con un tono de derrota aceptada y se giró para irse de allí cuanto antes. Subió pensativo y, al abrir la puerta a los otros, imaginó la escena con un tercer animal. No podía entenderlo, pero no había otra.
En la parte de arriba seguían… Bobby —el pomerania de ella— y Lola —la gata de Juan—. Mientras los dueños estaban fuera, tenían en el ático sus juguetes, la comida y la bebida. Bobby estaba más que inquieto ante el revuelo en la cocina y no podía contener sus ladridos, deseando que le abrieran la puerta para bajar a inspeccionar.
Fueron años de cinco miembros bien avenidos. Marisol supo ganarse a Juan.
La tarde cae en este día de invierno. Los cinco se acomodan en los sofás del salón cada noche, mientras una suave música de Soul calma sus rutinas. Marisol duerme profundamente sobre las piernas de Verónica. Fuera hace frío, pero el hogar de los Castaño respira armonía.
Precioso relato, Beatriz. Se nota que conoces bien el espíritu independiente de los gatos. La escena última es para mí la definición de paz y satisfacción. Muy bien relatado.
ResponderEliminarEntrañable historia amiga y muy bien contada me ha encantado.
ResponderEliminarQue bonito relato, Beatriz... Se te encoge el corazón con lo mal que lo pasa Marisol hasta encontrar su hogar y, como siempre, lo que cuentas da para más. Ha sido cómo seguirnla historia de una persona. Precioso.
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