2 - Josué y las habichuelas mágicas por Isabel Villanueva
Josué cerró el libro y soltó un bufido.
—¡Que tontería!—exclamó, y se levanto del suelo del balcón donde, aburrido, se había sentado a leer un libro de su hermano pequeño que encontró tirado en el suelo; “Jack y las habichuelas mágicas”—. Valiente tontería —insistió—. Como para que Pablito no sea gilipollas —se dijo, sintiéndose importante por el hecho de soltar tacos.
Se acodó en la barandilla y se puso a ver pasar, distraído, los coches y las personas por debajo de su casa. Así, embebido en sus pensamientos, vio que había gente en la parada del autobús, al otro lado de la carretera; más que verlo lo oyó, por el jaleo que montaban. Afinó la vista y reconoció a Jorge, Chino y Lucas. No se lo podría creer… La razón de que estuviese metido en casa un sábado de julio por la tarde era que le habían dicho que no iban a salir, cada uno aduciendo sus razones, y allí estaban, esperando el bus para ir al centro donde, posiblemente, habrían quedado con Valeria y Almu, compañeras del instituto concertado al que iban todos. Valeria… Le gustaba esa chica; bueno, como a todos. Alta, rubia, con unos ojos azules donde flotar cuando la mirabas, y un tipazo… Se notaba que su madre era sueca, o noruega; se acordaba de cuando iba a recoger a su hija, de pequeña, y todo el mundo se la quedaba mirando, era impresionante. Pero que más daba… Él, morenito, bajito (¿daría algún día el estirón?), con la cara llena de granos y sin nada que llamase la atención, tenía claro que con ella no se iba a comer una rosca… Bueno, ni con ella ni con nadie, si la cosa seguía así y se quedaba los fines de semana encerrado en casa o, como único plan, yendo con su hermano pequeño a la piscina.
—¿Qué te pasa, Josué? ¿Por qué estás tan mustio?— Era su madre quien le hablaba. Había salido al balcón al ver a su hijo allí acodado, tan serio y, cuando vio hacia donde miraba, se dio cuenta de que los amigos le habían hecho luz de gas, otra vez.
—Por nada, mamá —contestó Josué de mala gana.
—¿Estás aburrido? ¿Por qué no te vas a dar una vuelta?
—¿A dónde? Y ¿con quién? —miró a su madre como si fuese tonta, aunque realmente lo que pensaba es que, aunque fuese producto nacional, no tenía nada que envidiar, por guapa, a la madre de Valeria, y además era tan buena… Rectificó el tono y señaló a la parada—. Me dijeron que no iban a salir, y mira.
—Bueno… ¿y qué? —contestó su madre mientras recogía el libro de “Jack y las habichuelas mágicas” del suelo y se lo mostraba—. ¿Te ha gustado?
—No, es una tontería para mocosos. Un niño pobre que con unas habichuelas llega a la casa de un ogro y se vuelve rico… Bath —movió despectivamente la mano.
—Bueno, bueno,… Pero no te quedes en la superficie. De lo que habla el cuento es de creer en cosas que no son habituales, y conseguir propósitos; en este caso es el de ser ricos porqué es una familia pobre, pero puede ser cualquier cosa… —la madre cogió una maceta de geranios rosas que tenía colgada en una de las paredes del balcón—. Mira estos geranios, por ejemplo; ¿quién te dice a ti que no tienen propiedades mágicas?
Josué pensó que a su madre le estaba dando un ictus, y miró hacia el salón por si veía a su padre, que a esa hora solía estar repanchigado en el sofá mirando el móvil.
—Pero… ¿Qué dices, mamá?
—¿Por qué no? Imagínate que viene alguien y te dice que, si te pones un geranio de esta maceta en la solapa, conseguirás todo aquello que pretendas… ¿No lo harías?
—No.
—¿Ni por probar?
—No. Ya lo que faltaba es que —señaló a los chicos de la parada— me pusieran por tonto, o por mariquita… —Josué miraba a su madre con cara de extrañeza.
—Ya… ¿Y qué iba a pasar? ¿Que no te llamaran para salir? —los ojos oscuros y dulces de su madre le taladraron con un punto de picardía, antes de volver al interior de la casa dejando rumiando a su hijo.
—¡Hola, chicos! ¿A dónde vais? Me apunto — exclamó Josué a sus amigos al llegar a la parada, donde se presentó con un polo y un geranio prendido en el ojal. Estos lo miraron de hito en hito, sin saber qué decir, avergonzados en el fondo, pero también con ganas de partirse de risa por el motivo floral del chico.
—Íbamos al centro, al parque de los rosales… ¿No te lo habíamos dicho?— Jorge, alto, con el típico peinado de los adolescentes del momento y vistiendo ropa deportiva (como los adolescentes del momento), le contestó como quien no quiere la cosa, pese a ser el que había manipulado a los otros dos para que no se les uniera… Iban a ver a Valeria y no entendía porqué ella le hacía ojitos, siendo como era bajito, vistiendo raro (¿a dónde iba con esa flor?) y con esas aficiones tan raras, como leer… Con lo bueno que estaba él, que tenía a un montón de tías del instituto detrás.
—No. De hecho me habíais dicho que no ibais a salir porque tú te ibas a la playa, Chino al futbol y Lucas a comprar con sus padres. Supongo que habéis cambiado de opinión y se os olvidó decírmelo ¿verdad?
—Sí, así es… Nos hemos olvidado de avisarte —respondió Lucas mirando con cara de enfado a Jorge, ya que a él le caía bien Josué, aunque fuese un poco raro… Y ya, lo que le faltaba, era llevar esa flor—. Perdona —añadió con sinceridad.
—No pasa nada —respondió Josué, conciliador.
—Oye, ya con todo aclarado… ¿De verdad no le vais a preguntar ninguno a dónde va con esa flor? — Chino, el más descarado de los tres, lo dijo mientras les miraba sin comprender—. ¿A dónde coño vas con eso, Josué?
—¿Por? ¿No te gusta?
—Pues no, la verdad, pareces un “floro”, pero vamos, que tú sabrás, a mi me da igual…— Chino miró hacia la derecha y sonrió— ¡Preparados, tíos, que viene el autobús!
—¡Por fin! —respondieron todos al unísono.
Josué entra en su casa con cuidado de no hacer ruido; no quiere despertar a nadie. Como es un chico tranquilo y no suele llegar tarde, avisó a su madre de que se quedaría un rato más en el parque, y a ella le pareció bien; al fin y al cabo está a punto de cumplir catorce años. Cierra la puerta con cuidado y se ve en el espejo del recibidor al pasar; aun lleva prendido el geranio del ojal, aunque ya se ve mustio, apagado. No se lo ha quitado en toda la noche, y mira que le han mirado raro, le han preguntado,… Hasta le han cantado “Clavelitos” unos graciosos. Le ha dado igual… Nunca le habían mirado tanto ni le habían prestado tanta atención. Cuando aparecieron en el parque, donde ya les esperaban Valeria, Almu y otra amiga (se le ha olvidado el nombre; su padre dice que los hombres tienen un defecto de nacimiento que les impide recordar cómo se llaman las mujeres), estas empezaron a reírse y le preguntaron el porqué de la flor. Cuando él respondió, retador, que lo había hecho por algo que le había dicho su madre, las tres exclamaron “¡oooohhhh!” y, en vez de verlo como a un gilipollas enmadrado, le miraron con ternura; que raras son las chicas. El caso es que él y el geranio se habían pasado toda la tarde con Valeria charlando y tonteando, al margen de los demás y, cuando vio como los miraba Jorge, se dio cuenta de que estaba cabreado porqué ella no le echaba ni cuenta… Así que eso era lo que pasaba; le marginaba porqué le gustaba Valeria y a Valeria le gustaba ¡el!, pese a ser morenito, bajito (¿daría algún día el estirón?), con la cara llena de granos y sin nada que llamase la atención...¡Le gustaba a Valeria! Por eso, por leer y por ser raro y ponerse un geranio en el ojal ¡toma ya! Se miró con más detenimiento en el espejo… ¿pues no se veía hasta más alto? Y en cuanto a los granos, a partir de mañana (por la mañana, que por la tarde había quedado con Lucas y Chino para ir al cine) empezaba a echarse la crema que le compró hace tiempo su madre, y que tenía arrumbada en un cajón. Se iban a enterar… En dos meses, de pato pasaba a cisne, como en el cuento. Y hablando de cuentos… Cruzó el salón despacito, sin hacer ruido, y fue al dormitorio de sus padres, que dormían profundamente. Se acercó a la mesilla de noche del lado de su madre y dejó allí el geranio que, a oscuras, se veía como recién cogido de la maceta, mientras le daba un beso suave en la mejilla y le decía, flojito:
—Gracias, mamá.
Y se dio la vuelta para salir de la habitación. Ella, entonces, abrió una rendija sus ojos oscuros y dulces para ver como se marchaba su hijo. Sonreía.
Madre mía, qué bonito!!! Lo tuyo es contarnos historias, Isabel. Qué ternura y que delicia. Felicidades.
ResponderEliminarQué bonito! Retratas muy bien la etapa adolescente y lo mal que lo pasan los menos agraciados. Me ha conmovido.
ResponderEliminarLo he leído de un tirón y me ha encantado. Tía, lo tuyo es la escritura. Métete en algo más largo, es una delicia leerte. Ánimo!!!!
ResponderEliminarMe ha encantado. Buena historia y bien desarrollada.
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