3. La bola de cristal mágica por Rafael LLamas Cadaval

Se estaban acercando las fiestas navideñas, y se iba notando con la aparición de elementos decorativos de iluminación en las calles sevillanas. Un año más, a Rafael, como le ha sucedido en los últimos años, empezaba a invadirle una cierta tristeza, ya que sería como en años anteriores, de comidas con amigos, compañeros de trabajo, familiares o parejas, pero entre la jubilación, la perdida de amigos por distanciamiento o muerte y los problemas familiares, han hecho que estos días de Navidad sean tristes de recuerdos y añoranzas. Todo había cambiado, pero algo haría resurgir los sentimientos pasados y olvidados.

 

          Era un 20 de diciembre, las calles ya estaban iluminadas, todo volvía a repetirse como en años anteriores, pero este año ha habido una novedad. La nieta de cinco años, iba a pasar todas las Navidades en casa, y esto hizo cambiar a los abuelos, Rafael y Mariluz, toda la programación de años anteriores. Ahora, tenían que estar pendiente de ella mientras los padres seguían trabajando.

 

—¿Qué hacemos? — preguntaba Rafael a Mariluz

—Nos damos un paseo por el centro, que debe estar muy animado con la gente, la iluminación y la decoración de los escaparates, como todos los años.

—Sí, pero tú sabes que eso para la niña, es un peligro, porque lo quiere todo y ya tiene una edad que cuando dice todo, es todo. La carta a Papa Noel que ya ha escrito se puede ampliar y ser interminable.

—Ya lo sé, pero en nosotros está el saber donde pararnos y en orientarla hacia alguna cosa—, respondía Mariluz con una sonrisa.

—Bueno, ya veremos cómo nos sale.

 

Lila, que así se llama la nieta, tiene 5 años, es una niña superactiva e inteligente, lo mismo está pintando algo, que coge un bolígrafo como si fuera un micrófono y se pone a cantar, empieza a acumular cojines, porque está haciendo su casa o actúa como madre de todas sus muñecas. Está claro que las posibilidades de antojos que pueda tener con muy amplias y variables.

 

          Rafael y Mariluz, fueron a buscar a Lila, que estaba jugando en el salón y le estaba riñendo a una de las muñecas, por no haberse cepillado los dientes.

 

          —Lila—, le decía la abuela, — el abuelo y yo hemos pensado en dar una vuelta por el centro y ver la iluminación de las calles.

          A ella, en años anteriores siempre les gusto las luces multicolor que iluminaban las calles de la ciudad, y con ello prestaría menos atención a los escaparates.

          Salieron los tres en el coche de Rafael, que consiguió aparcar, en un parking subterráneo. Cuando salieron de la oscuridad y penumbra del aparcamiento se encontraron con la iluminación de árboles y colgantes en las calles. La cara de Lila cambio al instante. Se le veía feliz mirando a todos lados.

          —Qué bonito— decía Lila, mirando en todas direcciones. Los abuelos cogieron cada uno una mano de Lila y comenzaron a caminar por las calles llenas de personas con bolsas y paquetes.

 

          Lila lo mismo quería pararse en el escaparate de una juguetería, una confitería o una tienda de ropa. Todos estaban iluminados de una forma especial. Pero, no fue hasta que al pasar por la calle Sierpes, se detuvieron delante de la papelería Ferrer. Esta papelería siempre ha sido muy atractiva para los abuelos por la variedad de objetos actuales y antiguos que siempre muestran. En esta ocasión, lo que llamaba la atención era una colección de bolas de cristal con diferentes figuras en su interior, en las que Lila se fijó, porque eran un trineo con Papá Noel, unos abetos, una casita, los tres Reyes Magos, un muñeco de nieve, una giralda, un portal de Belén, unos niños cantando, una ovejita, un castillo, un niño Jesús…, cuando Lila preguntó:

          —¿Qué le pasa a esa bola?... ¿está malita? —, dijo señalando a una de las bolas.

          —¿Por qué lo dices? — pregunto la abuela.

          —Porque no tiene nada dentro—. En ese momento las bolas empezaron a vibrar y a volcarse hacia delante. Sus bases estaban pegadas a un tablero y posicionaron las bolas en vertical, y observaron que en el líquido que tenían en su interior unas virutillas blancas que simulaban la nieve. Rápidamente las bolas volvieron a su posición inicial, mientras esa nieva caía

          —Lo ves abuela, esa última bola está malita, no hay nada ni nadie dentro— La abuela la miraba sorprendida, sin saber que decir. En ese momento el abuelo entró en la tienda, dejo a las dos debatiendo sobre las bolas y lo que veían y al rato, salió el abuelo con un pequeño paquete que intento ocultar en el bolsillo del abrigo.

          —Mira abuelo, esa bola está malita

          —¿Por qué lo dices? — le pregunto el abuelo.

          —Porque dentro no hay nadie.

          —Le he preguntado al hombre de dentro y me ha dicho que esa bola es mágica.

          —¿Mágica? — pregunto Lila, inocentemente.

          —Sí, pero yo no sé por qué.

          Siguieron andando un poco más por la calle sierpes, y al poco tiempo se volvieron a casa.

           —Abuelita, yo quiero escribir la carta a Papa Noël.

          —Pero, si la escribiste ayer— le decía la abuela.

          —Sí, pero quiero incluir una bola de cristal con el Papá Noel y el trineo— La abuela le acerco la carta y añadió a todo lo que había pedido antes la bola de Papá Noel.

 

          La noche del 24, se acostaron pronto, dejando en el salón un recipiente con agua, para los renos y dulces Navidad para Papá Noel.

          En la mañana del 25 ya estaban en el salón, Lila, los padres y los abuelos. En una esquina, debajo del abeto decorado estaban todos los regalos de los cinco, pero Lila inmediatamente se fijó en uno, era una bola de cristal, como las había visto con anterioridad. La cogió rápidamente, la sujetó con las dos manos y la zarandeo, y observó como la nieve caía. Y cuanto fue su sorpresa al observar que no había nada dentro. Una cara de tristeza invadió a Lila, que con la bola ente sus manos, se acercó y se la extendió al abuelo y le dijo con cara de tristeza:

—No es mágica, esta malita.

El abuelo se sentó y sentó a Lila en sus piernas, mientas ella mantenía la bola entre sus manos, y dos lágrimas caían de sus ojos.

—Lila, no llores, ¿tú qué haces cuando papá, mamá, la abuelita o yo estamos malitos?… cuidarnos— Lila lo miro mientras acurrucaba su cabeza en el pecho del abuelo. —Lo que tienes que hacer es darle amor como nos lo das a nosotros cuando estamos malitos.

Lila, acerco la bola a su pecho y empezó a besarla. Poco a poco fue surgiendo una luminosidad rojiza del cetro de la bola, que sorprendió a Lila y la separó de su cuerpo, y observó que en el centro de la bola había un corazón rojo, que latía, mientras Lila ponía cara de felicidad y de sorpresa.

—Ves, cómo esta bola es mágica funciona con el cariño y el amor que le des y tú has sabido dárselo.


Comentarios

  1. Querido Rafael, qué ternura y que delicia de final. Me ha gustado mucho. Un abrazo.

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  2. Oh qué bonito!! Casi lloro, Rafael. El poder del amor y de la esperanza son infinitos. Gracias.

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  3. Precioso. Me encanta como describes las cosas de Lila. Que gran regalo!

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