3 - La bola de cristal por Beatriz Salas Escarpa


Al salir de la consulta del vidente, con la misma emoción que sentía cada vez que acudía a cualquier tipo de oráculo, su mente volvió a aquella tarde, tantos años atrás, en la que había empezado todo.


Cuando Martina entró por primera vez en esa discoteca, apenas cumplidos los diecinueve años, no imaginó que estaba a punto de descubrir algo muy significativo. 

        Sucedió una tarde, meses después, mientras esperaba a su grupo de amigos en la cafetería del piso de arriba. 

        Un anciano marinero entró preguntando por una dirección al camarero y, sin saber por qué, quizá porque ella se empeñó en intervenir, empezaron a hablar. El hombre debió sentirse cómodo, porque, antes de seguir su camino, pidió un café y se sentó junto a ella. 

         Se presentaron. A Martina le resultó interesante saber que había estado toda desde siempre embarcado en diferentes pesqueros y que ahora lo añoraba tanto que no sabía muy bien qué hacer con su vida. Le habían detectado una enfermedad de huesos y no podía volver a navegar, por lo que, de regreso a su ciudad, buscaba vivienda y trataba de situarse.

            No era tan mayor como le había parecido a Martina, aunque, por la cantidad de arrugas que el sol y las inclemencias le habían dejado, ella le había catalogado como un abuelo. En un momento de la charla, Bernardo le confesó que tenía un don. Como es natural, ella lo miró intrigada y, con un gesto de «Sigue, no me dejes así», esperó que se lo contara. 

        —Leo el futuro en la palma de la mano.

            Martina tardó unos segundos en asimilar la noticia. Nunca había escuchado algo tan asombroso.  

        —¿Puedes saber el futuro? ¿Mi futuro? ¿Cómo? —La mirada de asombro era tan graciosa en aquella cara pecosa que Bernardo empezó a reír.

            —Bueno, verás, la palma de cada mano tiene líneas, diferentes en cada persona. Yo las interpreto y puedo decir que me hablan. Son líneas de vida.

            Como era previsible, ella las abrió para mirárselas y vio cómo las líneas recorrían la palma por aquí y por allá sin mucho sentido. Sin poderlo remediar, las extendió hacia él con la impaciencia curiosa de la adolescencia.

            Bernardo sonrió, cogió con delicadeza la derecha y fijó en ella su mirada. No se entretuvo demasiado:

                —Vaya, vaya, vas a vivir muchos años: hasta los ochenta. Se ve claro. Y aquí marca que tendrás tres hijos.

            Martina estaba como en una nube. No solo por lo mucho que le interesaban las noticias, sino porque se las estaba creyendo. Le encantaron los augurios y los catalogó de buenísimos. 

        ¡Qué experiencia! Y sí, tenía tres hijos, a sus casi cuarenta años y la vida no podía gustarle más. 


Desde que aquel marinero le abrió la puerta al mundo de la magia y la adivinación, no había perdido ocasión de consultar. No porque quisiera algo en concreto, no. Lo que más la impresionaba era la puesta en escena que comenzaba cuando se sentaba. La emoción la alejaba del mundo real: ver cómo barajaban las cartas y las iban colocando sobre el tapete, el silencio de la espera y, sobre todo, escuchar la interpretación, dijeran lo que dijeran.  

        Que se lo creyera o no, que se cumpliera o no, era irrelevante. Lo importante era el momento mismo. ¿A cuántas habría ido ya y a cuántas iría a lo largo de su vida? Era tanto lo que sentía que siempre estaba como al acecho. 


Este último vidente en cuestión había sido increíble. Lo había conocido unos días antes, tras haber asistido a una tirada de cartas. Vivía en un piso bastante desaliñado en la zona alta de Granada. Él parecía un hippie. La recibió rodeado de velas y hablaron un buen rato al terminar. A Martina le resultó asombroso saber que, mediante hipnosis, podía llegar a ver sus vidas pasadas. Guau. ¿Sería cierto? ¿De verdad nos reencarnamos? Eso parecían palabras mayores. Tenía que probarlo. 

        Martín le comentó que había tenido que licenciarse en Psicología para acallar bocas. Sus regresiones le habían hecho popular y no quería que lo malinterpretaran. Le explicó que él tenía que sentirse cómodo con la persona antes de aceptar hacer una regresión. Era fundamental para que fuera un éxito. 


Y quedaron. Martina llegó puntual la tarde prevista. Él la acomodó en una camilla, lejos de su mesa de despacho. Estaba tan relajada que sintió que la música suave de fondo la envolvía, igual que la tenue luz de la habitación. Él le habló despacio, guiándola hacia una escena tranquila fuera de su realidad. Ella entró en situación con curiosidad y vio pasar, sorprendida como nunca, lugares y hechos de sus «vidas pasadas» con total nitidez. 

        Terminó con una sonrisa bobalicona en la cara. Martín se mostró satisfecho y, antes de despedirla, le habló de un experto en leer el aura. «Vaya, de eso tampoco había escuchado hablar», se dijo. Él se mostró muy amable y se ofreció a acompañarla para tomar nota. «Pues qué bien, porque uno de mis problemas era recordar todo lo que me dicen en las sesiones», pensó. Después cuadró una cita.


De regreso a casa, le asaltaron las dudas: ¿habría sido verdad o se lo había inventado? Durante aquella hora y media, todo le había parecido muy real; incluso había escuchado las conversaciones con claridad. ¿Cómo podía haber imaginado con tanto detalle escenas que nunca había vivido? «Sería ridículo pensar que me lo había inventado», concluyó.


La mañana de la cita, Martina llegó, como siempre, expectante ante lo desconocido. Martín ya estaba en el portal. Al entrar, le extrañó quien los recibió. Era un cincuentón de gesto serio, bien vestido y que parecía un director de banco, pero sin chaqueta. Se sintió cómoda. 

        En esta ocasión no había una mesa ni unas cartas. La estancia era alargada. Él se sentó al fondo, junto a la ventana; Martín a su derecha y ella, enfrente. Le llamó la atención la distancia entre ellos: unos tres metros. La habitación solo tenía la luz matinal. Tras unos momentos empezó a hablar. No preguntó. No parecía que quisiera información:

      —Tienes un color grisáceo en la base del cráneo. Veo al menos siete, quizá ocho anestesias. ¡Cómo te gusta estar ausente, dormida, oculta! ¿Eh?

       Martina lo reconoció en su interior. Aunque no lo había verbalizado, entrar en un quirófano nunca le había resultado incómodo; todo lo contrario. Le encantaba cómo se perdía en un sueño que solucionaba lo que hubiera que tratar en la operación. Que llegara la noche también era una alegría. Saber que ya podía irse a dormir, un placer. «Vaya con el vidente. ¡Ha dado en el clavo!», pensó mientras se acomodaba en la butaca.

        —No has tenido infancia. Desde los siete u ocho años te han tratado como una adulta. 

        Las frases tardaban en llegar y, cuando lo hacían, eran concisas.

     «Pues sí, eso coincide con el nacimiento de mi hermano. No lo hubiera imaginado. La verdad es que decían que era una vieja por cómo razonaba». De nuevo había acertado. 

        —No escuchas música. No es que no te guste, es que te emociona de tal manera que, sin saber por qué, nunca la buscas. El inconsciente la evita.

        «¿Cómo puede saberlo?». Iba de la sorpresa a la incredulidad. Se reacomodó en el sillón, incapaz de quedarse quieta. «Esto es una locura. No es adivinar, es decirme realidades como puños».

        —Estás estudiando, aunque no lo necesitas; la sabiduría la tienes toda dentro. 

        Nuevo silencio. 

        —Sin embargo, lo más relevante —continuó— es el don que tienes.

        Prosiguió midiendo bien sus palabras. 

        —Es tan claro que deslumbra su luz. 

        El silencio podía cortarse. 

        —Has venido a este mundo con una tarea: hablar al público. Te veo delante de miles de personas que te escuchan. Estarán deslumbradas por tus palabras. Lo que llevas en tu interior no es usual. Es un don muy potente. Eres un ser con mucha luz.

        Martina empezó a dudar. Una cosa era que adivinara su pasado con tanta claridad y otra muy distinta, lo que le estaba avanzando. Eso era harina de otro costal y, aunque le escuchaba atentamente, no le creyó.

        El vidente se levantó, caminó hacia ella y le dijo como en una confidencia:

        —Es tu última vida. Tú ya has completado tu aprendizaje. 

        La miró fijamente y preguntó: 

        —¿Podrías hacerme un favor?

        —Claro. Dígame. —Se apresuró a decir sin pensar. 

        La cara de Martina era un poema. «¿Que le haga un favor? ¿Él me pide algo a mí?». No daba crédito. ¿Esa persona la necesitaba? 

        —Verás, tengo mi bola de cristal. Tiene más de quinientos años; es mi tesoro más preciado. 

        Calló unos segundos. En la habitación, el misterio se mascaba. Marchó a buscarla, la colocó en una pequeña mesa auxiliar y, mirándola expectante, le pidió:

    —¿Te importaría poner tus manos sobre ella durante unos minutos para cargarla con tu energía?

        El asombro, la emoción de saberse significativa para él, la incredulidad… 

        —Claro. —No pudo verbalizar nada más.

        Colocaron su sillón frente a la mesita y Martina, muy derecha, posó sus manos alrededor de la gran bola de cuarzo blanco. Estaba fría y suave; era agradable. No supo cuánto tiempo estuvo concentrada. Esperaba que lo que ella llevara dentro pudiera ayudar a mejorar la energía de la piedra.


Con una gran sonrisa, él los despidió al concluir la sesión. Se negó a cobrarle porque, como dijo, el beneficiado había sido él. Martín le entregó el folio con las anotaciones de lo dicho y ella partió ligera hacia su casa, a retomar la realidad que la esperaba a la vuelta de unas calles.


La famosa bola de cristal que tantas veces había visto en escenas de ficción se había presentado sin avisar, sin hablar, y ella se sentía feliz de haber formado parte, por unos minutos, de aquella realidad esotérica.



Comentarios

  1. En el texto, hay varias consideraciones:
    *Hoja 1ª
    + Línea 14 : Dice : estado toda desde siempre / Debería decir: estado toda la vida, desde
    siempre.
    + Línea 22: aparece de pronto el nombre de Bernardo, cuando no lo has nombrado antes,
    identificándolo con el marinero.
    *Hoja 3ª
    + Línea 2: Dice: a cuantas habría ido ya /Debería decir : a cuantas videntes habría ido ya.
    + Línea 12: Dice; Marín le comentó / debería decir: Martín, que así se llamaba el vidente.
    = Con el último vidente , que veía el aura tenias que haberte introducido en el análisis del aura que después llevaría a la situación que expones.

    ResponderEliminar
  2. Un relato tiene que hacerse interesante para que continúes leyéndolo, y este lo es, aunque ciertamente la historia abarca tanto tiempo que da para desarrollarla mucho más, sobre todo con un personaje tan complejo como Martina.

    ResponderEliminar
  3. Una lectura muy amena. Dan ganas de saber más sobre la energía de Martina.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

1 - LA CITA por Isabel Villanueva

1 - LAS GAFAS DE FERMÍN por Beatriz Salas Escarpa

10- La buena suerte por Isabel Villanueva.