1 - LAS GAFAS DE FERMÍN por Beatriz Salas Escarpa
Llevaba horas paseando por la zona. Aquel día de otoño no había resultado bien. Por la mañana, cuando salió de su rincón de cartones bajo el pasadizo para mendigar algo de pan, un café o lo que fuera, sin conseguirlo, se volvió loco de rabia y de desesperación al regresar y encontrar su sitio recién arrasado. Nada, no quedaba nada. Los servicios de limpieza habían seguido órdenes y el lugar lucía como una patena. Miró en todas direcciones sin entender. ¿Cómo habían sido capaces de dejarle con lo puesto? Bajó la cabeza y lloró como un niño. Aunque no era la primera vez que sentía el desastre y la incertidumbre, en esta ocasión le pilló desprevenido. ¿Y ahora qué haría?
Pasó el día cerca de un supermercado esperando que alguien le tendiera la mano, pero las prisas y sus problemas alejaban a las personas de esa realidad y no lo consiguió. Pensó en los contenedores de la trasera del edificio y allí se encontró con un grupito de menores fumando porros, retándose entre ellos y riéndose a carcajadas de las burradas que decían al verle en su estado. Se alejó sin rumbo y al llegar a la avenida, en un cruce congestionado por un tráfico infernal, dos coches chocaron a lo grande: uno se había saltado el semáforo y el otro no pudo evitarlo. Al incrustarse el morro de uno en la puerta del otro, los ánimos se desataron y ambos conductores salieron a recriminarse como dos toros de Miura. Uno de ellos sacó un cuchillo de cocina y Fermín no pudo soportar la escena. Dio media vuelta y se perdió en las calles.
El altercado le hizo aligerar el paso y, ya lejos, buscó refugio bajo los soportales de un edificio abandonado en los alrededores del descampado. Una vez ahí, cansado y hambriento, se dejó caer en los escalones de cemento resquebrajado, mientras con los ojos entornados, recibía los últimos rayos de luz del atardecer, tras un día gris y desapacible. Estaba más apagado que nunca, sin saber cómo ni dónde conseguiría algo que echarse al buche antes de tenderse en cualquier rincón. La desesperanza, su amiga de los últimos tiempos, le abrazaba ese día con más fuerza.
Acariciando su barba canosa, dejó vagar la mirada sin interés hasta que un pequeño ratón salió por uno de los agujeros de la obra y corrió con todas sus fuerzas al verle cerca.
—Vaya, otro solitario como yo —soltó con una mueca que quiso ser una sonrisa. No le importó; estaba acostumbrado a compartir espacios. Distraído, se apoyó en un brazo para dejarse caer hasta la abertura y un brillo en el interior le llamó la atención. Introdujo la mano, que apenas le cabía. Le costó sacar lo que fuera, tanto que se arañó y unas gotas de sangre afloraron de inmediato.
—Una montura de gafas —dijo, sorprendido, saliendo apenas de su letargo. «Vaya, vaya… ¿Cómo habrán llegado aquí? Tienen una pinta estupenda», sopesó mientras las giraba entre sus manos.
No eran muy grandes y estaban intactas, como si nunca se hubieran usado. «Alguien las había dejado en aquel espacio, pero ¿con qué objeto?», se preguntó. Su primera reacción fue ponérselas. Se ajustaban de maravilla, mas tuvo que cerrar los ojos de golpe sin entender la luminosidad que le invadió. Empezó a abrirlos despacio: no pudo, le deslumbraban. Se las quitó con prisa y las examinó, curioso: eran elegantes, de montura dorada muy fina y en una de las patillas lucían unas letras rojas en relieve: FLZ, que rozó como para adivinar su significado y de paso limpiarlas del polvo. Lo intentó una vez más y, por fin, pudo mirar a través de sus cristales. «Qué nitidez. ¡Qué bien veo!», pensó. Y no solo eso: una sensación de comodidad le invadió al instante. Se levantó con energía y, dando una vuelta sobre sí mismo, empezó a canturrear una canción de su infancia.
¿Cómo explicarlo? ¿Cómo entender lo que para él era tan lejano? Volvió a su asiento y con sumo cuidado se entretuvo a mirarlas. Nada llamaba la atención. Se las puso de nuevo, decidido a volver a experimentar esa sensación inicial y salió del lugar volviendo sobre sus pasos.
La noche le cayó encima casi de inmediato y las calles empezaron a vaciarse. La soledad y el desamparo dejaron de pesarle; sintió una liberación. Caminaba animado, sin dolor ni pena, con las manos en los bolsillos y sintiéndose ligero.
No fue hasta llegar al parquecillo del centro cuando vio al grupo de voluntarios, cargados con sus termos, bolsas de bocadillos, palabras de apoyo y una buena cantidad de esperanza. Eran unas cinco personas que acudían en busca de los sin techo que, a esas horas de la noche, se concentraban al abrigo de árboles y setos, con el alma bajo mínimos. A veces, además de comida y compañía, les encontraban dónde pasar la noche o incluso un trabajo. Su labor era tan importante que cada vez acudían más personas en busca de ayuda.
Fermín llegó sonriéndoles, animado al ver sus provisiones, y se sentó en uno de los bancos a esperar su turno. Una de las mujeres, con una dulce sonrisa, se acercó a él y se sentó a su lado. Llenó una taza con café humeante y se la puso entre las manos. Fermín sonrió, contento por el encuentro.
—Me llamo Carol. —Se presentó. ¿Cómo te encuentras? ¿Estás bien? ¿Has comido algo hoy?
La miró enternecido por su amabilidad, sin decir palabra. Le pareció cansada; sus ojos, tristes. Y, sin embargo, allí estaba ella, llevando comida y cariño a quienes tanto lo necesitaban. Brotaron unas cuantas lágrimas agradecidas, mientras a ella se le encogió el corazón.
—Carol, Carol… —No pudo seguir hablando.
El silencio ocupó un espacio algo incómodo, donde ambos esperaban saber qué decir.
—Yo me llamo Fermín. Ahora sí estoy bien. ¿Y tú, cómo te encuentras? ¿Estás bien?
—Estoy, Fermín, estoy. Me anima reunirme con vosotros, traeros un trocito de ánimo, ayudar en lo que pueda. Hoy he tenido un día de mierda y al acercarme, me has atraído por el brillo de tus ojos al mirarnos. Perdona, es que, ya te digo, no ha sido un buen día. ¿Cómo ha sido el tuyo? ¿Bueno?
La palabra «bueno» le arrancó una carcajada.
—Cuenta, cuenta, ¿qué cosas buenas te han pasado hoy?
—Conocerte. Saber que no estoy del todo solo, que algo bueno puede llegar en cualquier momento. Admitir que no todo está perdido.
Hizo una pausa.
—Pues hoy no me fue muy bien: he perdido todas mis cosas, ya sabes, las limpiezas del Ayuntamiento; no he conseguido nada de comida pidiendo por ahí y ni se han molestado en mirarme. Me alejan con las manos, diciendo: «Vete». Me he enfrentado a una violencia sin sentido en medio del tráfico, y al atardecer, cuando buscaba dónde pasar la noche desmoralizado, me ha pasado algo que me ha sorprendido: la magia de la casualidad, de la mano de un ratoncito.
—No me vas a creer. Mira, estas gafas tienen algo. Ha sido encontrarlas, ponérmelas y notarme diferente. Me he sentido un niño; también que era un ser bueno. Ahora, sin saber muy bien lo que te cuento, noto que tengo ganas de buscarme la vida, de no dejarme.
—Ay, Fermín. Todo me resuena. Tus palabras llegan en el mejor de los momentos. Justo lo que necesitaba escuchar esta noche. Seguir con mi autocompasión hace el hoyo más profundo.
Carol se sirvió una taza de café para ella y se quedó pensativa, sin probarlo.
—¿Te las quieres poner? —propuso él.
Carol no entendió.
—Las gafas, digo.
No obtuvo respuesta.
El grupo de voluntarios ya había recogido cuando llamaron a Carol para seguir su ronda, pero ella no los escuchó.
De repente, se giró hacia Fermín.
—Tengo una habitación libre en el piso que alquilo. ¿Te quieres instalar allí?
Ahora fue Fermín quien no reaccionó. La miró sin pestañear, incapaz de tomar en serio sus palabras y, poco a poco, muy suavemente, asintió.
Antes de levantarse para seguirla, se quitó las gafas y las dejó con cuidado detrás del banco, convencido de que alguien más las encontraría.
Quería que otras personas pudieran mirar su propia vida de otra manera.
Beatriz, creo que te has inspirado en lo del voluntariado que hago y me he visto en tu relato. Me ha encantado. Escribes de una forma muy bella y poética y además tiene mensaje. La vida puede ser muy bella. Todo depende del cristal con el que la mires. Muy buen relato.
ResponderEliminarGracias, cariño. La verdad es que me encanta tu labor y hablando de Fermín, que al final pensé que era Rafael, me alegró poder ayudarlo. Os aseguro que no sé cómo surgió, pero las frases, las ideas, volaban solas. Un placer haberlo conseguido. Tenìa mis dudas.
EliminarEs como una fábula, pero con personas... Desgarra al principio, pero te provoca una sonrisa al final. Hermoso relato, y con moraleja.
ResponderEliminarPrecioso, Beatriz. Hemos coincidido en el color del cristal con que se mira. Lo importante no es lo que te pase en la vida, sino como te lo tomas..
ResponderEliminarTe he escrito un comentario y no se ha publicado. También me paso con Amparo. Lo volveré a intentar
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